Última despedida
- unescritorfrustrado
- 8 sept 2020
- 3 Min. de lectura
- No te preocupes por mí, hijo- dijo con suavidad el anciano postrado en la cama. - Ven, acércate, siempre se agradece compañía. Quizás sean mis últimos momentos…
El niño le observaba con serenidad en la cama del hospital. Una intensa luz iluminaba la estancia, aquella que hace daño al mirar directamente. Ajenos a todo el ajetreo que se vivía fuera en el hospital, esa habitación emanaba un aura de calma y sosiego. El niño se acercó a la cama del anciano.
- Quién diría que sería yo el que acabase postrado en la cama. Mejor dicho, quién nos lo diría-. Una sonrisa se esbozó en la cara del chico. El anciano, tras toser con violencia continuó. -Había tantas cosas por hacer, tanto nuevo por descubrir. No nos damos cuenta de todo lo que ha cambiado el mundo hasta que somos demasiado mayores para descubrirlo de nuevo. Conoces a tanta gente, tantas personas distintas. Significaron mucho en su instante, pero ahora no son más que recuerdos... a veces ni esos. Tengo la memoria llena de desconocidos, ¿sabes? –Una media sonrisa se asomó en los labios del anciano.
En la sala solo se escuchaba su voz, con tono grave y áspero. Inundaba la estancia, y
todo lo externo alrededor suyo carecía de interés. Tomó aire y con un suspiro continuó.
-Recuerdo…. Las tardes soleadas en el pueblo. Las risas con mis amigos. La música que pintaba la noche. Y la primera vez que la vimos a ella... –El anciano cogió aire y lo expulsó lentamente.- No podía dejar de mirarla. Atraía toda mi atención. Dicen que amar, solo se hace una vez. No sé si es cierto, pero esos rizos castaños que le cubrían la cara cuando reía... nunca hubo imagen más bella que esa. La vida pasa y lo que te parecía maravilloso en un momento, deja de brillar con el tiempo, pero no significa que deje de ser maravilloso. Luché por ella, y tú lo sabes. Nunca estuve tan seguro de algo en mi vida. Siempre hay algo que te dice que sí, y algo que te dice que no, pero con ella todo era sí. Nos hubiésemos cambiado con ella si hubiésemos podido. La muerte me hizo perderla, y nunca pude despedirme.
El sonido de su voz se iba debilitando con cada palabra que pronunciaba, como si cargase con cada palabra que dijese, una difícil de llevar. El anciano estiró la mano y
agarró con fuerza al chico. Éste la cogió con fuerza.
-Siempre pensé que cuando le pasaba algo a algún ser querido, en tu interior notabas
que no iba todo bien. Algo ajeno a la razón te avisaba. Pero no fue así. Siempre pensé
que estaríamos conectados con ella, pero no, nos equivocamos. Mientras ella luchaba
por su vida nosotros leíamos el periódico. Nada más. Leíamos el periódico.
La mano del anciano perdió fuerza y se desplomo al vacío, colgando como un peso
muerto desde la cama. El niño se la sujetó y se arrimó a él. El anciano enmudeció, ahogado en sus recuerdos. El chico le acarició le acarició. Él continuó.
-¿Crees que pasará lo mismo ahora?, ¿que el apagarme no cambie en absoluto el
transcurso del mundo, ni siquiera para mis hijos? - el chico no respondió. - Veo el túnel y no observo nada. No hay luz, ni oscuridad. Todas las promesas se desvanecen. La religión ha perdido el sentido. No hay nada, solo miedo... - La voz del anciano se iba transformando en un hilo, cada vez más ahogado, cada vez más roto. - Tú puedes verlo, puedes sentirlo, no nos espera nada...
-Te esperan ellas- contestó el chico.
Tras su último aliento, el anciano murió. En aquella habitación invadida por el silencio, murió solo. Y el mundo siguió su curso inquebrantable.






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