El mundo pintado de Nora Bonnet / Capítulo 8
- unescritorfrustrado
- 25 oct 2020
- 7 Min. de lectura
– Ya era hora, Gabriel. Llevo esperándote más de veinte minutos.
– Perdona, Miguel. Aún falta alguien por llegar todavía, aunque debería estar también aquí– intentó responder Gabriel, aparentando la máxima tranquilidad posible.
– Espera… hay un “alguien más”. Primero me dejas tirado para ir a ver al tío ese extraño que nos dijeron, luego te aventuras a la casa sin que te cubra las espaldas y por último, invitas a alguien más a nuestra reunión… Me parece increíble, después de todo lo que he hecho.
Miguel parloteaba, completamente indignado mientras Gabriel buscaba con la mirada una figura conocida en los alrededores. Una joven de pelo rojizo se acercaba con paso rápido hacia dónde se encuentran. Ambos amigos observaron cómo venía hacia ellos.
–... y aparte, ¿a quién se le ocurrió la idea de ir a ver al que escribió el libro? solamente a mí y claro… ¿es ella? ¿Quién es?
– La hija del hombre extraño.
– Ahh…
Se hizo el silencio entre los dos amigos mientras la chica entraba a su encuentro. Miguel esbozó una pequeña sonrisa en su rostro.
– ¡Buenas! ¿Cómo va, chicos? Perdonad por el retraso – saludó Isabel con una suave risa.
– Lo importante es que has venido. Isabel, este es el amigo que te dije, se llama…
– Miguel… soy Miguel. Encantado de conocerte, Isabel.
Miguel saludó a Isabel con dos besos, bajo la mirada de incredulidad de Gabriel por el comportamiento de su amigo. Los tres caminaron a un lugar más apartado y tranquilo, mientras explicaban a Miguel lo sucedido.
– Entonces a ti también te pasó, ¿verdad, Isabel?
– Sí, por eso le he pedido que venga– interrumpió Gabriel. – La verdad es que cada vez lo noto más fuerte, como si hubiese saltos en mi vida, perdiendo el control de lo que hago por momentos.
– Y solo es el principio, Gabriel. Cuando nos separamos estuve buscando registros que guardase mi padre. La verdad es que hizo bastante bien la tarea de deshacerse de todo, pero hubo algo que no quiso desprenderse.
Isabel sacó una pequeña carpeta de la mochila y se la mostró a Gabriel. Miguel estiró el cuello para poder ver qué había dentro.
– ¿Son dibujos?– preguntó Miguel.
– Está repleta de ellos… ¿son tuyos, Isabel?
– No me ha dado tiempo a verlos, pero creo que todos no. Creo que algunos son de Francisco, el tío de mi padre. Pienso que mi padre lo guardó por si significaban algo. O quizás se le olvidó tirarlo.
– ¿Cómo los has conseguido?– preguntó de nuevo Miguel.
– Una… que tiene sus recursos– sonrió orgullosa.
Isabel iba pasando los dibujos mientras los observan con detenimiento. Algunos estaban completamente borrados y otros bastante nuevos. Gabriel sostuvo uno entre las manos, mientras Miguel e Isabel continuaban mirando.
“¿No te suena de algo, Gabriel?”
– Este dibujo lo hiciste tú, ¿verdad?– preguntó Gabriel.
– Supongo, la verdad es que era incapaz de recordar cuando dibujaba, simplemente aparecían a mi alrededor.
Miguel se fijó en el dibujo de una joven sosteniendo el cuerpo de otra persona, con la sala completamente rodeada de llamas.
– Pues deberías acordarte, porque no es la primera vez que lo dibujas.
Los tres volvieron de nuevo a la carpeta con dibujos. Solo había uno que se repetía continuamente. Isabel continuaba pasando los dibujos e iban apartando los repetidos. Al acabar, guardaron la carpeta y fueron a una mesa, donde esparcieron los seleccionados.
–Bueno… iguales, iguales… no son tampoco. No siempre salen las mismas personas – comentó Miguel.
– No hay que fijarse en los detalles, sino en la escena que les rodea. Las llamas, las dos personas, una sujetando a la otra, todas se repiten. En ellas una mujer, en otras dos hombre. ¿Veis algo más?– preguntó Gabriel.
– En ésta… creo que soy yo. Es de las que hizo Francisco –señaló Isabel mostrando uno de ellos.
–No puede ser– comentó con incredulidad Gabriel. Ambos se fijaron en un rostro muy parecido al de Isabel, envuelto en lágrimas, mientras sujetaba una sombra.
– ¿Qué puede significar todo esto?– preguntó angustiada la joven.
–Puede que sea simple casualidad, que se parezca por pura coincidencia o por...
– Vudú...
Ambos se giraron hacia Miguel, que sonreía tímidamente. Decidieron ignorarlo, continuando conversando entre ellos.
– Pensadlo un momento… no es del todo descabellado. Decís que perdéis el control de vuestras acciones. Hay dibujos de Isabel sobre la mesa. No podría ser algún tipo de control o algo parecido. – De nuevo se volvieron a girar en torno a Miguel. Parecía que le prestaban más atención.
– Bueno, pero eso de tomar el control de nuestras acciones, podría estar enlazado con lo que pintamos – comentó Isabel.
– ¿Y se supone que somos títeres de alguien? ¿A través de la pintura?
– O del vudú.
– ¡Y dale con el vudú!– gritaron los dos a Miguel, que se apartaba temeroso.
– Si tanto tú como el tío de tu padre habéis pintado lo mismo, me apuesto lo que quieras a que Alfredo también. Y seguro que lleva escrito detrás una de sus cartas.
– Pues si es así, debemos volver a esa casa y buscarlo– señaló Isabel, dando un golpe sobre la mesa. – Gabriel, quédate con los dibujos a ver si encuentras algo que se nos haya pasado, yo buscaré algo de información entre los archivos.
–De acuerdo, quedamos mañana aquí para ir juntos en busca del cuadro – comentó Gabriel.
Los tres amigos asintieron. Gabriel se marchó con los dibujos, sin darse cuenta que le faltaba uno. Isabel guardaba con recelo aquel que refleja su rostro. Un escalofrío le recorre solo de pensarlo. Atrapada en aquel mundo pintado.
Gabriel caminaba nerviosamente por el pasillo del hospital. Sus pasos rápidos rompían el silencio de aquel lugar, que hasta su llegada había permanecido en calma. Su respiración frenética acompañaba sus pisadas. Aceleraba el paso según se acercaba a su destino, una vez allí, abrió la puerta lentamente y entró en la habitación.
– ¿Cómo se encuentra?
– Ahora mejor, Gabriel, parece que solo fue un susto. Solo he venido a controlar como estaba, ahora os dejo solos.
El médico realizó las últimas comprobaciones y abandonó la habitación. Antes de salir, sonrió levemente a Gabriel. El silencio que reinaba en el hospital se trasladó a aquella habitación, donde se encontraban también el padre de Gabriel y Gonzalo, sentados acompañando a su madre. No surgían palabras que rompiesen este vacío incómodo. La madre abrió los ojos y estiró la mano. Gonzalo se levantó y la agarró fuertemente.
– ¡Has venido, cielo! Te he echado mucho de menos. Ven, acércate más para que te vea mejor.
Gonzalo se acercó tímidamente a su madre y ésta le acarició el rostro con dulzura. La mano temblorosa hizo que se le ericen los pelos al pequeño, que no esperaba un tacto tan frío, cuando en sus recuerdos eran tan cálidos. La madre le miraba a los ojos, pero el chico apartaba la mirada, la escondía de ella, intentando comprender dónde estaba aquella mujer a la que tanto esperaba todas las noches. Simplemente permanecía ahí, sintiendo como una mano desconocida le recorría el rostro, bajo la atenta mirada de Gabriel y su padre.
– Os dejamos solos un momento, Papá y yo vamos fuera un momento a hablar–comentó Gabriel acercándose a la cama. Tocó el hombro de Gonzalo y se giró para mirar a su padre. Después caminó hacia la puerta y la abrió, indicando que saliese con un movimiento de cabeza. El hombre sonrió a su mujer y salió. El rostro de Gabriel se oscureció nada más cerrar la puerta. Ambos se sentaron en unas sillas del pasillo.
– ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? – preguntó Gabriel de forma seria.
– Desde esta mañana, aunque hemos podido entrar a verla hace poco. Nada más que me han llamado nos hemos venido.
– ¿Y me avisas tan tarde?
– ¿Qué esperabas, Gabriel? no te veo nunca por casa últimamente. Parecemos un hotel para ti – respondió como reproche el padre.
– Para qué... para verte dormido en el sofá, con todo tirado. Con suerte pegas un vistazo a tu propio hijo.
– Hago lo que puedo ahora que estoy solo, no tengo tiempo para tus exigencias de niño mimado.
– Que no tienes tiempo dices... ¿ni siquiera para ver a mamá, eh? ¿Sabes cuantas veces te he visto por aquí? Ninguna joder, ni una puta vez te he visto. – la voz de Gabriel se escuchaba por todo el pasillo, convirtiéndose casi en un grito.
– ¿Y qué quieres de mí, Gabriel?... ¿que vayamos todos juntos de la mano sonriendo y sujetando un ramo de flores?– el padre se levantó de su asiento– He criado a un idiota si es crees eso.
– Solo te pedí que no lo trajeras aquí, pero te ha entrado por un oído y te ha salido por el otro. – Gabriel también se levantó.
– ¡¿Es que acaso no puede ver a su madre?!– respondió en voz alta el padre. – ¡Y encima me lo echas en cara! No sabes las veces que lo ha pedido y suplicado, ¿quiénes somos para negárselo?
– ¡Pues lo haces! Debes protegerle.
– ¿De qué? ¿De ella? Debe afrontarlo, como todos.
– No puedes obligarle a hacerlo, no puedes forzarle a pasar por ello, a verla así. Nunca será la misma desde este momento, has matado el recuerdo que tenía de ella. Ahora Gonzalo la recordará tan apagada como ahora.
– ¡Yo no obligo a nadie!– gritó el padre señalando con el dedo– Él es libre de elegir…
– ¡Solo es un niño!
– ¡Y ella su madre! No intentes apartarle de todo lo que quiere– respondió el padre con tono desafiante.
En el interior de la habitación, Gonzalo y la madre escuchaban en silencio la escena. Los gritos, los golpes, todo sonaba a su alrededor. La mano de Gonzalo agarró con fuerza la de su madre, que con lágrimas en los ojos contemplaba la puerta que los separaba. El niño miró el rostro de su madre y apretó con más fuerza la mano para que notara su presencia. Los ojos abandonaron la puerta y se tornaron hacia el rostro de aquel niño dulce que le observaba desde el pie de su cama. Con la mano agarrada, la acercó a su boca y deposita un suave beso sobre ella. Entonces fue cuando volvió a verla, aquel calor del beso que le inundó de nuevo, ese mismo beso que tantas veces le había dado en el pasado, tan dulce, tan placentero, como una mañana de domingo primaveral. Mientras tanto los gritos persistían.
–… ¿es que no has visto su rostro cuando se ha acercado a ella?– se escuchó la voz de Gabriel detrás de la puerta.
– Ya basta, Gabriel… te crees que los demás no sufrimos al verla ahí.
– Hasta hace nada ni te atrevías a asomarte por aquí y ahora te crees en el derecho de hacer lo que quieras. Me das pena.
El padre bajó la cabeza, dolido por la palabras de Gabriel cuyo único objetivo era hacer daño, el mayor posible.
“No es más que un cobarde… díselo, dile lo que es”
– ¡Cobarde!
“Grítale, desahógate con él, no es nada para ti”
Es en ese momento cuando algo se escapó de Gabriel, levemente, como una fuga, un sentimiento de impotencia, de rabia contra el mundo, y que se liberaba poco a poco a través de sus palabras. Su mirada se nubló y todo lo que sentía era el palpitar de su corazón y sus pulmones respirando. Todo lo demás era confuso, solo se agarraba a esa idea que se le introdujo en la cabeza, la de estar ligado a un destino del que no podía escapar, el camino perfecto hacia el fracaso más absoluto y el dolor más profundo. Todo transcurrió en un instante, pero a la vez pareció eterno. Luego llegó la calma.







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