Reflejos de locura / Parte 2
- unescritorfrustrado
- 23 abr 2020
- 6 Min. de lectura
La oscuridad invadía el cuarto, pero no había temor en su interior. Estaba acurrucado en su cama esperando a que su cautiverio terminase. Era consciente de que había actuado mal, y que ahora tendría su castigo.
Tranquilo….tranquilo… No tengas miedo Joel. Yo siempre estaré contigo. No fuiste un niño malo, el resto son los malos. Esos malditos farsantes son todos unos...
-Venga Joel, ya puedes salir cariño.
Una suave voz salie de detrás de la puerta, la cual se abrie en ese instante. La luz le ciega durante un momento, pero una vez pudo acostumbrarse a la luz, observa a una figura femenina delante suya. La mujer le levanta de la cama y le lleva fuera, hacia un largo pasillo que recorría toda la casa.
-No debes pelearte con otros niños y lo sabes, las cosas se hablan, no se usa la violencia ¿vale? Sabes que no me gusta castigarte pero no me dejas más remedio. Ahora ve a la mesa cielo, vamos a cenar.
El chico recorre lentamente el largo pasillo de la casa, dando la espalda a la mujer que continua hacia el lado contrario, dirección a la habitación de matrimonio, que cierra el pasillo. Paso tras paso, avanza por el corredor hacia al salón comedor. De la puerta de la cocina a su izquierda emana un delicioso olor a comida recién hecha. Se detiene un segundo y continua su camino. Pasa de largo de la entrada al baño a su derecha y continúa hasta llegar a la amplia estancia donde se encuentra la gran mesa preparada para recibir a sus comensales. A su izquierda continua el salón, compuesto por una televisión, una alta estantería, un viejo reloj de pared y un amplio sofá. Es en ese sofá donde se encontraba sentado un hombre ataviado con camisa y corbata, de porte esbelto, aunque echado perezosamente en ese justo momento. El chico se sienta en una silla de la mesa y aguarda. Al momento aparece la madre desde la habitación.
-Javier, haz el favor de venir a la mesa, vamos a cenar. Por cierto, he bajado al sótano de nuevo y sigue todo desordenado. ¿Cuándo piensas recoger tu basura?
El hombre silenciosamente se sienta en la mesa y dirige una mirada al chico, al cual le habían servido ya el plato de comida y comenzaba a engullirla ansiosamente.
-Hola hijo, ¿qué tal el día?- pregunta amablemente el hombre.
-Pues aquí el señorito se ha peleado hoy con un compañero y he tenido que ir a recogerle yo porque no podían contactar contigo –interrumpe la mujer, la cual se había sentado también a la mesa.
-Ya está Marta, cállate, déjanos cenar tranquilos al menos una vez- dejo el hombre mientras miraba al frente con seriedad y con un toque de ira contenida. La mujer se percató de ello y comenzó a comer silenciosamente.
La cena transcurrió con tranquilidad, aunque un silencio incomodo inundaba el ambiente. El sonido de los cubiertos, los sorbos a la bebida y los suaves golpes producidos por el movimiento nervioso de las piernas debajo de la mesa se convirtió en el sonido ambiente de aquella escena. Una vez acabado, los tres recogieron su plato y se dirigieron a la cocina.
-Ahora hace le favor de bajar al sótano y ver ese desastre- dice la mujer abriendo la puerta del sótano que se encontraba dentro de la cocina- bajas las escaleras y lo limpias todo.
-Joel, no hace falta que recojas, vete a tu cuarto, ahora.
El niño sale de la cocina y entrecierra la puerta, pero no se dirige al cuarto, si no que se queda en el pasillo, escuchando lo que sucedía en el interior. Intuía lo que estaba a punto de ocurrir, ya lo había vivido más veces. Ambos empezaron a gritarse el uno al otro, y aunque el chico le era imposible entender lo que decían, el miedo de escuchar tal escena se apodera de él. Aun así, la curiosidad le puede y se desliza hasta la rendija que había dejado la puerta, asomando su pequeño ojo por ella. Solo podía observar la puerta del sótano abierta, como un agujero negro que te atrae a su interior, y dos figuras de espalda que se movían nerviosas. El ojo del chico seguía observante, prestando atención a todo lo que ocurría en aquella habitación. La situación se intensifica y el hombre, en un acto impulsivo, golpea a la mujer en pleno rostro con la mano abierta, lanzándola a su vez para atrás. El chico entra en pánico al contemplar la escena y sale corriendo a su cuarto, mientras en la cocina se hace el silencio. Una vez dentro, se encierra en su habitación y comienza a escuchar lo que sucede fuera. Unos pasos corriendo por el pasillo dirección al cuarto de matrimonio, y otros que le siguen. Un portazo. Unas súplicas.
-Perdóname cariño, yo… yo no quería. Es este maldito estrés, es por la situación en la que estamos. Por favor, ábreme y lo hablamos –Se escucha al hombre desde detrás de la puerta.
-Lárgate, por favor… lárgate de mi vida- una débil voz se oye desde el interior del cuarto de matrimonio.
El chico se lleva las manos a los oídos todavía aterrado por lo sucedido, mientras se acurruca en su cama a oscuras.
No tengas miedo Joel. Yo siempre estaré contigo. Ellos son los malos, ellos son los que nos hacen daño Joel. Debemos hacerles feliz de nuevo ¿no crees?
El chico asiente varias veces seguidas
¿Quieres que todo vuelva a ser como antes?, ¿qué seamos felices todos juntos de nuevo? Yo haré que todo se arregle Joel
Pasan las horas y el silencio se adueña de la casa. El respirar calmado del padre durmiendo en el sofá, el reloj del salón con su constante Tic tac y el crujir de los muebles es el único sonido ahora.
El padre, recostado en el sofá, se movía nervioso buscando una posición cómoda. Su brazo estirado se había caídoy lo arrastraba por el suelo. El tic tac del reloj resonaba por toda la estancia, un sonido penetrante que le impide conciliar el sueño profundamente. Se incorpora y se queda sentado en el sofá mientras en su cabeza revolotean los recuerdos de la pasada cena. Se mira la mano y después la aprieta con rabia. Se escucha un ruido a sus espaldas. El hombre se gira y observa la habitación con silencio. Todo está en calma. El tic tac del reloj continúa martirizándole. Se levanta del sofá y camina dirección al pasillo. Todo continua como antes, las puertas de las habitaciones cerradas, las luces apagadas, todo en silencio.
Se vuelve y camina de regreso hacia el sofá para recostarse de nuevo. Al volverse por completo, escucha una puerta abriéndose lentamente, con un suave chirrido, y unos pasos rápidos que recorren el pasillo. Alarmado por los extraños ruidos, rota sobre sí mismo y retrocede temeroso por lo que puede encontrarse. Sus músculos en tensión apretaban sus manos, colocadas delante en posición de defensa. El pasillo de nuevo vacío. Pero una tenue luz salía de la cocina, como algo encendido en el interior, una luz que no estaba antes.
-Marta, cariño, ¿eres tú? ¿Joel?, contestadme- pregunta el hombre aterrado- Joder, esto no hace gracia ¿sabéis?
Silencio de nuevo. Solo se escuchaba el continuo tic tac, que parecía acelerar de manera progresiva según te acercabas al pasillo. El hombre coge un jarrón de cristal situado en la mesa y lo sujeta con intención de ser utilizado de arma, dispuesto a estamparlo en la cara de cualquier cosa que apareciese. Lentamente avanza hacia el pasillo, y una vez allí, se dirige hacia la cocina. Un paso. Tiene la garganta seca pero intenta tragar saliva. Tic. Dos pasos. Se encuentra a la altura del servicio. Tac. Tres pasos. Sus ojos atentos a la puerta entreabierta de la cocina. Tic. Cuatro pasos. Levanta el jarrón preparado para asestar un golpe. Tac. Cinco pasos. Entra en la cocina. El sudor le recorre todo el cuerpo. La cocina está en calma, y la luz proviene del sótano, del fondo.
-Quien coño sea el que esté ahí que salga ahora- la voz titubea mientras habla-. Estoy armado.
Suelta el jarrón en la encimera de la cocina y recoge un cuchillo que se encuentra en uno de los cajones. Retrocede hasta el marco de la puerta de la cocina. Observa la puerta del sótano sin atreverse a bajar. Una sensación le recorre la espalda, como un aliento helado que le sopla en la nuca, y unos ojos sedientos de muerte que le observan. Se vuelve nervioso y se tropieza, cayéndose al suelo. Alza el cuchillo como única defensa. La estancia continua tranquila, pero la luz del sótano comienza a parpadear con cierta frecuencia. El hombre se levanta y empuñando el cuchillo comienza el descenso hacia el sótano. Las viejas escaleras de madera crujen al pisarlas. Al llegar a la mitad, el hombre se para, y observa la estancia en silencio. Una mano sinuosa armada con unas tijeras surge del hueco de las escaleras, entre los escalones, y con un tajo limpio secciona los tendones de los pies. El hombre grita de dolor e intenta escapar, pero al serle imposible mantenerse en pie, cae por las escaleras bruscamente, rompiéndose el cuello y muriendo al instante. Y los ojos vacíos del cuerpo desplomado observan como una sombra asciende silenciosamente por las escaleras.







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