El mundo pintado de Nora Bonnet / Capítulo 6
- unescritorfrustrado
- 22 jul 2020
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“Una, dos y…”
Gabriel se lanzó contra la puerta, abriéndose ésta sin dificultad alguna. Al esperar algo de resistencia que le frenase, el cuerpo salió proyectado hacia delante, provocando que Gabriel se cayese de bruces contra el suelo, haciendo un sonido sordo que resonó por toda la entrada. Lentamente se incorporó sacudiéndose el polvo y observó a su alrededor. Allí se encontraba por fin. Los pequeños pasos que había dado le habían guiado hasta esa vieja casa. Recorrió la entrada olvidando cerrar la puerta, movido por la curiosidad. El aire viciado del interior daba a pensar que hacía mucho que nadie entraba a aquel lugar. Todo estaba cubierto con mantas y sábanas, seguramente para evitar que el polvo y el tiempo hiciesen mella en los muebles. Pero había una cosa que destacaba.
“Cuadros…”
Por todos lados, en todas las paredes, todos tapados, cubiertos en cada hueco y esquina. Amontonados en el suelo. Apilados contra las paredes. Un escalofrío le recorrió al ver esa imagen, pero sus piernas no hicieron más que continuar hacia delante, cuando su cabeza decía de huir hacia atrás. Un bello piano que ocupaba parte del salón. Levantó las sábanas y tocó suavemente las notas, desprendiendo un horrible sonido de ellas. Estaba completamente desafinado.
“¿Dónde podría estar? ¿Quizás arriba?”
Gabriel continuó inspeccionando la casa, recorriendo cada habitación. Iba ascendiendo por el edificio, mientras una sensación de profunda amargura le invadía el corazón. Un sentimiento de nostalgia, como una cálida brisa de verano que se pierde en el frío invierno. Una tristeza del alma, que marchita todo aquello que se posa en aquel lugar. Ascendía pasando de largo de las habitaciones, ya que el camino que seguía le era extrañamente familiar. Desconocía dónde estaba, pero sabía dónde iba. Hacia la última planta.
Ascendió lentamente por las escaleras hasta llegar al final. Una enorme sala se disponía ante él, pero a diferencia de las demás, estaba vacía. No había ni cuadros amontonados, ni muebles tapados, solamente un pequeño taburete y un gigantesco lienzo, que ocupaba toda la pared. Gabriel se acercó a aquella obra y la acarició con las manos.
“No es realmente increíble, Gabriel.”
–No puede ser cierto.
Aquella obra de dimensiones colosales se alzaba ante él, desafiante de toda lógica. Los ojos de Gabriel no podían creer lo que tenían enfrente. En sí la pintura era sencilla, una mujer de bello rostro sentada enfrente, con un tranquilo estanque detrás. La mujer sostiene un pincel entre sus dedos. Pero no se trataba de qué había en el cuadro, sino de cómo estaba pintado. Aquella brocha, aquel rostro, aquel lago, todo estaba lleno de vida. Una técnica completamente desconocida, una maestría jamás alcanzada, un realismo nunca igualado. El cuadro palpitaba.
“Mira sus ojos… te está observando, ella tiene la mirada puesta a en ti”
Intimidado por la imagen, el joven bajó la cabeza y se sentó en el taburete. Pero no pudo evitar volver a alzarla de nuevo, hipnotizado por aquel enorme lienzo. No podía dejar de ver un detalle nuevo, una nueva marca, como si cambiara con el tiempo. Y lo que empezó siendo un par de minutos, se convirtieron en horas, hasta que el atardecer hizo presa del día.
Algo parecido a la pérdida de consciencia, la mente de Gabriel olvidó el contexto que le rodeaba, el tiempo que transcurría, y como si una elipsis temporal, el día dio un salto hacia delante sin darse cuenta. Con los ojos fijos en el cuadro, sentado en aquel taburete desgastado.
– Parece que te llama, ¿verdad?
Una voz apareció a su espalda, haciendo que volviese a la realidad. No se giró para ver quién era.
– ¿Cómo es posible que se haya pintado algo como esto? Todo lo demás parece tan falso
– Hasta la vida misma parece falsa… Estuve días pensando eso.
Isabel se sentó en el suelo, al lado de Gabriel. Ninguno se miraba a los ojos, solamente contemplaban la obra.
– Parece distinto a la última vez que lo vi, como si fuese cambiando levemente con el tiempo.
– Llevas todo este rato siguiéndome, ¿verdad?
– Te dejaste la puerta abierta y entré, hacía mucho tiempo que no venía.
– ¿Qué es lo que te ocurrió, Isabel? ¿Qué es aquello que asustó tanto a tu padre?
– Seguramente lo hayas notado. Ese lapsus, ese salto. Perder la noción del tiempo y actuar sin pensar. Primero empieza levemente, como si fuese un segundo. Luego se convierte en días, semanas, te despiertas en sitios distintos, haciendo cosas que nunca harías, haciendo daño a quién más te importa. Mi padre piensa que es como un relevo, que me ha dejado y ha pasado a ti, por eso te ayudó, para que me abandonase por completo y fueses tú el siguiente.
– Ya me parecía extraño que me ayudase tan fácil. ¿Pudiste escapar de ello entonces?
– Nunca se logra escapar. Es un deseo que me corroe, estar enfrente de esta maravilla…
Ambos permanecían en un silencio absoluto, sentados el uno al lado el otro. El crujir de la madera era el sonido de fondo de aquella escena. Por un momento Gabriel observó algo de interés.
– ¿Quién es Aron Tennob?
– ¿Cómo?
– Sí, según se escribe en la carta de Alfredo, el cuadro fue pintado por él, ¿Cómo puede haber estado firmado el cuadro por Aron Tennob?
La mano de Gabriel señaló a una esquina de aquel inmenso cuadro. Isabel se acercó curiosa hasta tocarlo levemente y observó la firma.
– Esto no estaba antes… y nunca se ha nombrado a Aron Tennob en ningún escrito que yo sepa.
– Puede que fuese todo mentira, y que ya estuviese aquí cuando Alfredo llegó– la afirmación de Gabriel provocó una mueca de indignación en Isabel.
– Pero eso no tiene sentido, entonces todo sería falso. Las cartas, los libros, todo producto de su invención. Y si Alfredo estaba loco, nosotros también. ¿Acaso me ves con cara de loca?– preguntó Isabel con los ojos desorbitados, fijos en el joven.
“Como una regadera”
– No para nada… pero es que no tengo información sobre Alfredo, salvo el libro. Si tuviese al menos alguna carta más, podíamos ver quién es ese tal Aron.
– Bueno… ¿y si te dijese que todavía queda una más?
– ¿Una carta de Alfredo?
Isabel sacó un pequeño papel arrugado y se lo mostró a Gabriel, que intentó cogerlo para leerlo. Isabel no lo soltaba.
–Te lo presto, chaval, no te lo vayas a quedar– dijo, soltando la hoja. – Conseguí copiar esta carta antes que mi padre vendiese el cuadro donde venía. Lo he guardado todo este tiempo sin que lo supiese. Seguramente te resulte interesante.
Gabriel sonrió de agradecimiento y sostuvo entre sus manos aquel papel rugoso, que le lleva de nuevo dentro de la cabeza de Alfredo.
“Interesantes palabras de un loco, Gabriel”
Mi querida Anais
No sé si es locura lo que infesta mi mente o es un falso intento de mantenerla ocupada. Estos días han sido largos y tediosos, no sabría ni el tiempo que ha transcurrido. Sueño y me despierto perdido y confundido, en rincones oscuros de la casa. Los cuadros que pintaba y tanto amaba me acechan ahora.
Nuestro hogar ha dejado de ser nuestro. Ando por los pasillos y no reconozco lo que veo. ¿Por qué hacerme pintar ese cuadro, Anais? Intento igualar lo que me haces crear, pero no llego a alcanzarlo, y ahora mis creaciones fallidas se amontonan en las esquinas y observan mi fracaso. Los veo vagar por los pasillos, esperarme tras las esquinas, castigado por mi ineptitud.
Observo sus rostros deformados, sus caras de sufrimiento. Van cambiando, y tengo la sensación de estar mirando por una ventana, contemplando un mundo de dolor, y cuyo culpable de su existencia soy únicamente yo. Es lógico que quieran escapar de sus pequeños mundos, al igual que yo deseo huir del mío. Un mundo en un cuadro, lejos de todo aquello que te tortura. Dos verdades separadas por un lienzo. Escapar a tu cuadro y ser parte de él, unidos para siempre en el arte que tanto amamos.
Mi bella Anais… te añoro tanto







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