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El mundo pintado de Nora Bonnet / Capítulo 5

Las líneas se dibujaban sobre el papel, atravesándolo y dando formas semejantes a la figura de aquella mujer postrada. El carboncillo entre sus dedos se había convertido en todo un arma de creación, peligrosa para cualquier mente cerrada. En la cabeza de Gabriel se iba generando una historia para aquel personaje que dibujaba. Una mujer débil que luchaba por salir, solitaria, esperando fatídicamente a que su final se decidiese, como el que tira una moneda al aire. Ganar y vivir, perder y morir. Ese era el juego de aquella señora dibujada. Quería reflejar aquella soledad, aquel vacío que veía al levantar la mirada.


– Cuando acabes me lo enseñas, hijo.


– Aún le queda un poco pero mira…


La mujer alargó el brazo desde la cama y cogió el papel que le mostraba su hijo. Lo sostuvo entre las manos y se quedó observándolo.


– ¿Dónde está mi gran sonrisa, no la veo?


“Yo tampoco”


Gabriel recogió el dibujo y continuó con su trabajo en silencio. En la habitación solo se encontraban ellos dos, iluminados por la suave luz mañanera que entraba por la ventana. La mujer, con la cabeza girada, miraba hacia el exterior, absorta en sus pensamientos.


– ¿Cómo va todo por casa? –preguntó tímidamente.


– La verdad que no ha cambiado nada. Un poco más vacía, pero nos las vamos arreglando.


–Eso está bien, así no estará todo hecho un desastre cuando vuelva– una débil risa salió de la boca de la mujer, que giró el rostro para contemplar a su hijo.


– Sobre eso, el volver, estuve hablando con los médicos hace un rato, mamá, sobre los análisis que te hicieron…


– Ya bueno, eso no tiene importancia, ya sabes que los médicos no hacen más que tender al catastrofismo. Yo me encuentro bien.


– Pero no es lo que me dicen ellos. Está avanzando. Me han dicho de hacer una terapia más agresiva, quizás así consigan eliminarlo. Puede que te sientas algo mal pero podríamos conseguir curarte


– ¡Basta, no quiero saberlo! No quiero saber nada de eso. Dejad de tratarme como si fuese una maldita terminal. Estoy cansada de estar aquí tirada en la cama todo el día. Os he dicho que no hace falta. Tendría que estar ahí fuera, con vosotros, mi familia, en mi propia casa. No quiero saber nada de métodos, ni agresivos ni lo que fuese. Solo quiero saber cuándo me van a dejar volver. –La mujer intentó hacer el esfuerzo para incorporarse, apoyándose en la cama para levantarse– Que coño, yo estoy bien lo ves, no necesito que un matasanos me diga qué debo hacer. Ahora mismo voy a salir por esa puerta y voy a…


– ¡Pero vas a morir…!– le gritó Gabriel a su madre. La mujer se quedó paralizada ante lo que acababa de escuchar. – Si no dejas que te ayuden nadie podrá salvarte.


La mujer mantenía los brazos tensos, intentando permanecer lo más recta posible en la cama. Levantó la mano derecha y la lanzó contra el rostro de su hijo. Un golpe seco sonó en toda la habitación, seguido de un silencio incómodo. Gabriel no apartó la mirada de los ojos llorosos de su madre. Entre sus manos apretaba la hoja con el dibujo de aquella mujer


– Nunca vuelvas a decir eso, ¿lo has entendido?


Gabriel asintió y se levantó del lado de su madre. La mujer se relajó sobre la cama y el joven dejó en su regazo el retrato que había dibujado. La mujer le miraba con arrepentimiento.


– Ahora sí está acabado


El joven salió de la habitación, mientras la madre desarrugaba el papel. En silencio, observaba aquel retrato de la mujer sobre una cama. Tan triste, tan sola. Tan ella.



“Acabo de pasar por esta calle creo… la verdad es que no me suena de nada”


Gabriel recorría las calles con paso acelerado en busca de la dirección que le habían indicado. Con el libro abierto y observando aquel pequeño papel amarillo, buscaba el nombre del lugar con desesperación. Deambulaba de un sitio a otro completamente solo y perdido en sus pensamientos, hasta que decidió sentarse en un pequeño banco de la calle. El mapa del móvil le indicaba que estaba en la zona, pero no encontraba aquél local en ninguna parte. Sentado en aquel banco observaba a la gente pasar, el agobiante y ajetreado día de aquellas hormiguitas de ciudad. Sacó una pequeña libreta y comenzó a dibujar. Numerosos rostros pasaban por sus ojos, caras grises, cada una dirigiéndose a un lugar, con algo que hacer, esclavos de sus propias vidas. Gabriel dibujaba aquellas personas pasar, pero no lograba imaginar nada sobre esas sombras huecas. Allí permaneció un rato, observando y pintando. Personas mayores charlando, jóvenes riendo, matrimonios esperando. Todos iguales, nada fuera de lo común. Cabezas con pelo o sin él, morenas o rubias, pelirrojas…


“¿Pelirroja?”


Su mirada se posó sobre una joven en frente suya. Su cabello rojo fuego destacaba sobre la multitud. No podía observar su rostro, pero sintió una atracción enigmática hacia ella. Cargada de libros recorría la calle por delante suya, parándose justo a la entrada de un callejón. Sus pasos eran seguros, decididos, del que ha recorrido estas calles miles de veces. La figura de la chica se perdió en el callejón.


“Quizás ella sepa dónde puede estar.”


Una simple excusa, pero le dio valor suficiente para levantarse y seguir los pasos de aquella joven. Se adentró en aquella calle secundaria, alejada del gentío que recorría la principal, y continuó en la única dirección posible. Avanzaba mientras miraba a su alrededor buscando la posible dirección que hubiese tomado aquella chica.


“¿Dónde se habrá metido? soy yo o acaba de desaparecer.”


– ¿No te han dicho que seguir a los demás es bastante sospechoso?


Una voz desde el lado sorprendió a Gabriel, que instintivamente reaccionó dando un salto.


–Yo… eh… no te estaba siguiendo– el rostro de Gabriel iba tornando hacia un tono enrojecido. Los ojos del joven recorrieron el rostro de aquella chica. Sus ojos marrones, sus pecas, una belleza un tanto exótica para la zona, pero que iluminaba y encandilaba...


– Si claro... ¿y qué hacías entonces? ¡Te crees que puedes engañarme!– gritó la chica con un tono agresivo. Gabriel retrocedió.


– Yo... bueno... esto…el libro... la dirección.


“Vamos piensa algo rápido. Tienes que decir algo, lo que sea”


Gabriel comenzó a balbucear palabras sueltas mientras la chica le miraba con recelo. Movía de manera nerviosa la mano, sosteniendo el libro con la dirección. Los ojos de la chica se posaron sobre aquél libro.


– ¿Ese libro?, trae aquí– la chica se lo arrebató rápidamente de manos de Gabriel, que intenta reaccionar tarde. La joven empezó a ojearlo de manera curiosa.


– Perdona… eso es mío.


– Qué interesante... hace mucho que no veía este libro, la verdad. Esta es la dirección a la que te diriges supongo, ¿no? –preguntó mientras arranca el post–it. El chico asintió.


– Pues a qué estás esperando, ¡sígueme!


– ¿Que te siga? pero si hace un momento parecía que me ibas a matar… oye, espera. ¡Devuélveme el libro!


La chica ya había recogido los libros que llevaba consigo y caminaba rápidamente de nuevo por el callejón. Gabriel le seguía, intentando ponerse a su altura.


– ¿Podrías devolverme mi libro, por favor?– preguntó Gabriel mientras caminaba.


– ¿Tu libro?– la chica soltó una risotada– Este libro es más mío que tuyo, chaval. Aparte... no veo tu nombre escrito en él.


“¿Más mío que tuyo?, ¿qué querrá decir?”


– Entonces escribiste tú el libro, ¿no?


– Pero cómo voy a escribirlo yo, idiota– volvió a comentar entre risas– si tiene más años que tú y que yo juntos. Pero la cuestión no es esa, sino qué haces tú con él.


– Me lo encontré por ahí.


– ¿Y vas robando lo que te encuentras por ahí?– preguntó con una suave sonrisa.


– Yo no he robado nada, lo cogí prestado de la biblioteca– la cara de Gabriel volvió a ponerse roja, esta vez de rabia.


– ¡Entonces es cierto! lo has robado. Y nada más y nada menos que de una biblioteca pública– la risa de la pelirroja resonaba por el callejón. El rostro de Gabriel estaba cada vez más serio y rojo. –Tranquilo, no eres el único. De dónde crees que saco yo este montón de libros– la chica acompañó la frase con un guiño, relajando el rostro de Gabriel.


“Esta chica está fatal, de verdad”


– ¡Et voila! Nous sommes arrivés…


Ambos se pararon en frente de un gran edificio, bastante alejado de la zona de dónde partieron. Unas enormes puertas de madera cerraban el paso. La chica se acercó y las golpeó con fuerza. Parecía que retumbaba toda la calle con cada golpe. Una fuerte voz sonó desde detrás.


– Llegas tarde, Isabel… tan tarde como siempre.


Las puertas se abrieron y de ellas apareció un hombre mayor de gran envergadura. La chica y él se unieron en un breve abrazo y accedieron dentro del edificio. Gabriel permanecía quieto justo en la entrada sin saber qué hacer.


– Puedes decirle a tu amigo que pase si quiere, pero que se decida. O entra o se marcha.


Gabriel dio una zancada y entró en el enorme hall, y después lo recorrió lentamente, observando todo lo que allí se encontraba. Columnas flanqueaban sus pasos y, colgados sobre las paredes, numerosas obras de arte estaban expuestas para el ojo curioso. Un pequeño tesoro oculto entre aquellas calles. Continuó hasta llegar a unas escaleras que ascendían, siguiendo los pasos de aquellas dos extrañas personas, hasta llegar a una habitación repleta de libros.


– Bien, ¿me trajiste los libros que te pedí? – preguntó el hombre a la chica


– Pues claro, papá, no ha sido fácil encontrarlos, pero no pienso ser más tu niña de los recados – respondió mientras los deposita encima del escritorio. El hombre empezó a darles un vistazo detenidamente, sin percatarse de que la joven no había dejado todos los libros. Todavía ocultaba uno detrás, en su espalda. Mientras tanto, la presencia de Gabriel parecía inadvertida.


– Bueno… creo que ya no te hacemos falta, así que mi amigo y yo nos vamos, ¿vale?

La chica agarró fuertemente el brazo de Gabriel y lo arrastró hacia la puerta. El hombre levantó la mirada hacia su hija.


– Isabel…


La chica se detuvo en seco y comenzó a ponerse tensa. La mano de la muchacha apretaba a Gabriel con tal fuerza que hizo salir un pequeño quejido de su boca.


– ¿Desde cuándo te vas tan fácilmente de los sitios sin preguntar nada? ¿Qué me ocultas, cielo?– el hombre se acercó hacia la pareja de jóvenes.


– ¿Yo? nada… es que hemos quedado y vamos tarde– mientras decía esto, el hombre se acercaba rápidamente, colocándose delante de ella. Estiró el brazo e hizo una señal de que se lo diese. Isabel, con resignación, le cedió el libro.


– ¿Se puede saber de dónde lo has sacado? Te dije que dejases ese tema.


– Pero llevo más de un año con la investigación, y ahora que lo encuentro no puedes…


“Se acabó ya, coño”


– Ese libro es mío– comentó con voz fuerte Gabriel, haciendo que ambos se volviesen hacia él.


– ¿Y tú eres?– preguntó el padre.


– Soy Gabriel, me envía el profesor de Arte, Antonio Ramírez. Me dijo que quizás podría ayudarme sobre un tema.


– Sobre Alfredo de Luca querrás decir, ¿no?


Gabriel asintió con la cabeza y el hombre dio un vistazo al libro que sostenía entre sus manos. Permaneció callado, y su rostro reflejó duda e inseguridad, igual que el que empieza algo que no sabe cómo puede acabar.


– Muy bien… hablemos. Isabel, fuera de mi despacho –ordenó de manera tajante.


– No soy ninguna niña que puedas echar, tengo derecho a estar aquí.


– ¡He dicho que fuera!– levantó la mano señalando la puerta.


Isabel enfurecida se marchó dando un portazo, dejándoles solos en un silencio incómodo.


– Perdona por su comportamiento, es igual que su madre a vuestra edad. Por favor, siéntate– dijo mientras señalaba una silla enfrente del escritorio. – Y discúlpame por no presentarme. Mi nombre es Alfonso de Luca, gestor del centro artístico Dos Lunas.


Ambos se sentaron en torno al escritorio, uno enfrente del otro. Alfonso colocó el libro encima, entre ambos. De nuevo el silencio incómodo, mientras Alfonso examinaba con la mirada al joven.


– Bien, Gabriel, seguramente tengas un montón de preguntas que hacer, pero necesito saber cómo ha llegado hasta tus manos. Tengo que saber en qué punto estás.


“¿De verdad voy a contarlo?”


Gabriel respiró hondo y empezó por el principio. Le habló del trabajo, la biblioteca, el extraño cuadro y aquella pesadilla. Poder liberar esa carga que escondía hizo que Gabriel se soltase. Alfonso escuchó callado, sin dar reflejo de asombro, como si todo eso no fuese nuevo. El hecho de que le escuchase con normalidad le desconcertaba de una manera, pero le reconfortaba de otra. Por un momento, Gabriel se sentía cuerdo del todo.


– ¿Has comentado esto con alguien más?


– No, solo con usted.


– Muy bien… eso está bien – el hombre se levantó pensativo y comenzó a dar vueltas por la habitación. Mascullaba palabras en voz baja, inaudibles para Gabriel.


– ¿Pero entonces fue usted el que escribió este libro? ¿Cómo sacó toda esa información? ¿Acaso son familia?


– Chico... las preguntas de una en una. – Alfonso volvió de sus pensamientos y comenzó a buscar entre las estanterías de libros. – Yo no escribí ese libro. La verdad es que no sabría decirte quién lo hizo. Lleva en nuestra familia desde que tengo memoria, algo así como una herencia maldita. Hace años intenté dejarlo de lado y alejarlo de aquí, pero parece que siempre vuelve.


– ¿Pero qué le pasa al libro? ¿Está maldito o algo así?


– Que va a estar maldito, solo es un libro. No son sus hojas lo que hacen daño, sino aquello de lo que hablan. ¿Qué pasa, chico?, me habías dicho que lo habías leído.


– Es el cuadro, ¿verdad?, el que hablaba en su carta Alfredo.


– Es como una enfermedad que nos corroe. Lo llevamos en la sangre. Desde que Alfredo lo pintó nos condenó a todos. – Alfonso se giró hacia Gabriel con un libro entre las manos. De él sacó una foto guardada entre las hojas.


– Entonces todo lo que le he contado lo ha vivido también.


– No en mis propias carnes. Es caprichoso, ¿sabes? Fue Isabel la que lo sufrió. No sabría explicarte por qué, pero todo empieza igual hasta que lo ves. Es tan magnífico, tan bello, nunca verás cosa igual. Cada pincelada le da vida, cada detalle es único. Podrías mirarlo años y seguiría asombrándote. Pero una vez que te atrapa estás perdido. No pude permitir que acabase así. Me deshice de todo lo que pudiese llevarla a seguir adelante. Guardé la llave de la casa familiar y doné el libro para su conservación.


–Espere, espere.... A ver si me quedan claras las cosas, que realmente noto que se me escapan.


– La historia no se acabó con Alfredo, Gabriel, sino que continuó a lo largo de su línea de sangre. Fue mi tío el que lo sufrió antes que Isabel. Yo era muy joven cuando empezó con aquellas horrendas visiones, los dibujos y las pérdidas de memoria. Es como si no viviese en el mundo real, completamente obsesionado con una falsa realidad, más auténtica que la nuestra.


– ¿Quiere decir como otro mundo?


– Inverosímil, ¿verdad? Nunca conocí a alguien tan inteligente como mi tío, pero esa idea le apartó de nosotros, de todo lo que le rodeaba. Pasaba horas encerrado en aquella casa, contemplando aquel cuadro, intentando copiarlo, una y otra vez, alcanzar aquella perfección. Y entonces fue cuando enmudeció. Lo encontramos deambulando bajo la lluvia, completamente helado, sosteniendo el libro. No sabíamos dónde iba, pero no nos dirigió la palabra desde entonces.


– ¿Y dónde se encuentra ahora?


– Ya es bastante mayor, y no podíamos encargarnos de él, así que lo enviamos a un centro de mayores.


– Vale… pero, ¿qué tiene que ver con Isabel todo esto? significa que le está pasando también a ella, ¿no?


– Todo empezó en la última visita a mi tío, hace un año más o menos. Isabel estaba a su lado, sonriente, mientras comíamos juntos. No pude verlo bien, pero creo haber visto cómo se le acercaba al oído y le susurraba algo. Después de años en silencio, Isabel fue la única que le escuchó decir algo. Al volver a casa, Isabel llevaba consigo el libro. Le pregunté qué hacía con él y qué le había dicho, pero solo respondió que ahora le pertenecía a ella, era un regalo.


– ¿Entonces por qué lo tengo yo ahora? quiero decir, si es un rollo familiar y todo eso, ¿por qué yo? No lo entiendo.


– ¿Crees en el destino, Gabriel?


– No. Siempre he pensado que soy libre para elegir el futuro que quisiese.


– ¿Y si no fuese así? ¿Y si todo lo que haces es premeditado? ¿Y si Isabel está destinada a acabar igual? Los años me pesan, Gabriel, y no puedo con otra carga en mi vida. Intenté por todos los medios impedir que Isabel siguiese con el tema, pero parece que siempre vuelve, ahora mismo, contigo.


– Pues ayúdeme a descubrir qué es lo que sucede. Tiene que haber alguna explicación a todo esto. Déjeme toda la información posible, las cartas de Alfredo, quizás arrojen algo de luz.


– Lo siento hijo, ya te dije que me ocupé de destruir todo por el bien de Isabel. ¿De verdad qué deseas continuar con esto? Te aviso que no hay vuelta atrás.


“Ya he dado demasiados pasos hacia atrás”


– Por supuesto.


– Entonces tu camino continúa aquí, chico– Alfonso se acercó a Gabriel y le mostró la fotografía que sostenía en la mano. En ella se observaba una vieja casa, junto a cuatro figuras borrosas. Gabriel observó con asombro la imagen amarillenta. Tornó los ojos hacia Alfonso, que se sentaba de nuevo en el escritorio y rebuscaba en los cajones.


– Es Alfredo con su familia, ¿verdad?


No era necesaria la contestación. El hombre sacó de los cajones una vieja y oxidada llave, con una forma muy singular y la colocó encima del libro.


– La necesitarás para entrar. La dirección viene detrás de la fotografía…


Gabriel asintió y giró la imagen. Era cierto. Recogió el libro y la llave e introdujo la fotografía entre las hojas. Se levantó y se despidió de Alfonso. Continuó hacia la salida del despacho mientras se fijaba en aquella llave.


–Ten cuidado, la puerta es realmente antigua y se atasca con facilidad, una vez metas la llave, empuja para que se abra.


Gabriel salió del despacho y bajó las escaleras en dirección a la entrada. No estaba realmente solo, una sombra observaba cómo se marchaba del lugar. Ojos y oídos curiosos, que estuvieron atentos a todo lo que sucedió en aquel despacho. Gabriel continuaba inconsciente de esto, y perdido en sus pensamientos razonaba sobre lo que le acababan de contar.


“Nadie ayuda sin razón. Sin conocerme y me lo da tan fácil… Algo quiere sacar, o mejor dicho, de algo se quiere librar. Quizás de una carga que soportaba…”.


Gabriel se perdió entre las callejuelas, aprovechando los pocos rayos de luz que quedaban en el cielo, retomando un camino que nunca pensó que seguiría, todo por un pelo del color del fuego que iluminó sus oscuros pensamientos.

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