El mundo pintado de Nora Bonnet / Capítulo 3
- unescritorfrustrado
- 11 may 2020
- 7 Min. de lectura
“Recuerdo haber apagado la televisión… ¿se habrá despertado y habrá encendido de nuevo?”
Molesto, Gabriel se levantó y se dirigió fuera del cuarto, asomándose al pasillo que daba a las escaleras. Miró hacia el cuarto de su hermano, pero no notó nada inusual. El ruido persistía, unas voces que hablaban entre ellas, y que venían del piso de abajo. Gabriel continuó hacia las escaleras evitando hacer ruido y descendió lentamente por ellas, con tranquilidad. Una tenue luz se escapaba del salón, lugar del que salían aquellas voces. Continuó descendiendo hasta que uno de los escalones crujió, haciendo que Gabriel se detuviera en seco. Pero no se paró por el sonido, sino porque aquellas voces habían parado. Tras aquel crujido, las voces fueron sustituidas por un silencio absoluto que inundaba toda la casa. Aquel sonido mudo consiguió poner los pelos de punta a aquel joven, que tan confiadamente bajaba las escaleras. La luz todavía salía del salón. Continuó su descenso, con más cuidado todavía y atravesó la cocina en dirección al salón. Su pasos lentos, a pesar de intentar ser los más sigilosos posibles, retumbaban en la estancia, debido a la ausencia de ruido que le rodeaba. Aquel vacío, aquella nada. El joven avanzaba por la cocina y no podía quitarse una idea de la cabeza.
“Da media vuelta. Da media vuelta. Da media vuelta…”
Se la repetía una y otra vez hasta llegar a la puerta del salón. Se paró y observó la estancia. El televisor encendido pero sin señal, con la pantalla gris. Emitía aquella luz que permitía ver en la estancia. En el sofá continuaba reposando su padre tal y como lo dejó, colgando el brazo y dándole la espalda.
- ¿Has encendido la televisión de nuevo? –pregunta Gabriel desde la distancia, en la puerta del salón. No recibe respuesta alguna.
Gabriel decide aproximarse muy despacio en dirección a aquel sillón. Un paso. Deja atrás la cocina y se adentra en el salón. Dos pasos. Su corazón empieza a acelerarse. Tres pasos. El brazo se recoge y se esconde tras el sillón. Cuatro pasos. La luz del televisor se intensifica y empieza a apreciar una respiración entrecortada que surge de detrás de la butaca. Cinco pasos. Gabriel alarga la mano y se apoya en el asiento.
“Da media vuelta. Da media vuelta. Da media vuelta…”
Gabriel siente la presencia de alguien sentado, pero cada vez está seguro de que no se trata de su padre. Va asomando la cabeza, intentando observar a aquel hombre que reposa de manera agónica en aquél sillón. Su pelo caído, sus ojos llorosos, su piel envejecida. No era realmente posible que aquello fuese real. Aquel hombre que agonizaba lo había visto en aquel cuadro.
“Da media vuelta y huye… Corre”
La tele recuperó la señal y las voces comenzaron a sonar. Sobresaltado, Gabriel se giró hacia la televisión, que comenzaba a aumentar el volumen progresivamente. El sonido de aquellas voces empezó a ser ensordecedor y el hombre del sillón comenzaba a agonizar de manera violenta. Los gritos de rabia surgieron de aquél hombre postrado, que agarró con fuerza la camiseta de Gabriel. El joven intentó zafarse y dirigirse hacia la salida pero aquel ser le iba atrapando poco a poco. Le desgarró la camiseta y desde el sillón intentó atraerle hacia él. Gabriel torpemente se deshizo de la camiseta para huir, pero tropezó al intentar darse la vuelta y cayó de bruces contra el suelo. Aquel hombre postrado se tiró del sofá e iba arrastrando su cuerpo infecto hacia Gabriel. Las voces pasaron a gritos y el televisor comenzó a iluminarse cada vez más, desprendiendo una luz cegadora.
- Sácame de aquí… líbrame de mi agonía- mascullaba mientras se arrastraba hacia el cuerpo de Gabriel que intentaba ponerse en pie mientras el ser le agarraba de las piernas.
La luz del televisor le impedía ver lo que sucedía y las voces hacían que los oídos comenzasen a doler y sangrar. El joven no veía escapatoria. Y con un fuerte golpe, la televisión se apagó completamente y se hizo la oscuridad absoluta. El joven permanecía en el suelo aturdido, temblando por la tensión. Un pitido en sus oídos era lo único que escuchaba, y su respiración lo único que sentía. No veía absolutamente nada. Luego llegó un escalofrío, que le recorrió toda la espalda. Y esos ojos. Aquellos agujeros rojos que aparecieron en la lejanía y que destacaban en aquella inmensa oscuridad. Se aproximaban, cada vez más rápido. No podía moverse, estaba paralizado por el miedo, sus manos tensas se agarraban al suelo y lo arañaban. Los ojos empezaron a correr, emitiendo un gruñido, más parecido al de una bestia, y se abalanzaron contra el chico. Un grito salió de la garganta de Gabriel, de auténtico terror, un grito del que sabe que llega a su fin
“Despierta…”
Gabriel abrió los ojos y se precipitó de espaldas contra el suelo desde la silla del escritorio. No sabía dónde se encontraba y miraba a su alrededor buscando una respuesta. Estaba en su cuarto. La puerta se abrió y tímidamente asomó la cabeza Gonzalo, completamente atemorizado.
-Gabriel… ¿qué pasa? ¿Por qué gritas? – el chico sostenía entre sus manos un pequeño bate de plástico como defensa.
Gabriel no sabía responder a esa pregunta. Se quedó en el suelo, completamente sudoroso, preguntándose qué había pasado. Aquellos ojos rojos acercándose, aquel ser agonizante del sofá. Aún no se había despegado de ellos, continuaban en su mente. O en su mano. Gabriel bajó la mirada hacia su mano derecha. En ella sostenía el libro. Lo levantó y lo observó completamente ensimismado. Gonzalo se aproximó de manera curiosa hacia aquél extraño objeto que sostenía su hermano.
-Entonces te atacó un hombre mayor sentado en el sillón de tu padre… ¿Estás seguro que lo que comiste estaba en buen estado?.
-Joder estaba allí mismo, delante mía y parecía tan real. Y luego me desperté y todo era un sueño. O eso creía.
Miguel y Gabriel discutían sobre la pasada noche. Ambos amigos paseaban por la zona universitaria en busca de un sitio donde sentarse a la sombra. Gabriel gesticulaba nervioso mientras le contaba el sueño que había tenido. Sus ojeras y mala cara delataban las malas noches que llevaba pasando.
-… pero llegué al salón y ahí estaba en el suelo.
-¿El qué? ¿Tu dignidad?.
-No idiota, la marca que dejé arañando, la madera del suelo estaba como marcada. Y la camiseta está rota. ¿Cómo explicas eso?.
-Una noche salvaje supongo- contesta entre risas. Al ver el rostro serio y nervioso de su amigo, Miguel recupera las formas. – Y dices que la escena es igual que la que viste en el libro. ¿Lo tienes ahí?.
Gabriel saca el libro que tenía guardado en la mochila y se lo muestra a Miguel, que lo analiza lentamente y va pasando las páginas hasta la zona marcada. Ahí está el dibujo. Exactamente como Gabriel se lo describió. Una sensación de inquietud le hace cerrar el libro y dárselo a Gabriel. Ambos se sientan en un banco cerca de una zona arbolada.
- Llevo todo el fin de semana leyendo el libro, aunque las últimas páginas son casi ilegibles. Es algo así como un estudio biográfico, ¿sabes? Cuenta la vida de Alfredo de Luca, un artista realista del siglo XIX. Bueno, el caso es que tuvo que marcharse de su país y vino justamente a esta ciudad para hacer fortuna con su arte. Se mudó al barrio artesano y allí hacía bocetos y pequeñas pinturas. Al principio del libro se le describe como alguien abierto y agradable, pero luego se fue volviendo cada vez más huraño y en pocas ocasiones se le podía ver fuera de su casa o estudio. Lo interesante es su recorrido artístico. Si te fijas en las imágenes del libro – Gabriel se lo acerca de nuevo a Miguel pero este lo rechaza- tenía una auténtica obsesión con reflejar de la manera más fiel posible aquello que le rodeaba. Pero no se refería al aspecto físico, sino que hablan de llegar más allá, a la propia alma de las personas, tener la sensación de tener delante de ti aquella persona retratada, saltándose la barrera de lo material. Al parecer esto le hizo enloquecer y pasó del más puro hiperrealismo al surrealismo más tenebroso que haya visto, pero no hablamos de años de separación, sino en cuestión de meses. No entiendo cómo puede ser posible algo así. Según explican en el libro, dejó de pintar, o al menos no hay registro de obras nuevas y se refugió dentro de su casa en el barrio antiguo de la ciudad. Dejó de lado a su familia y a todos los que conocía, hasta que desapareció y no se supo nada más de él. Sin dejar rastro.
- ¿Y la familia? ¿Dice algo de ella?
- Pues al parecer tenía mujer y dos hijos. De los hijos poco se sabe. El mayor se dedicó a la pintura como su padre, aunque no llegó a ser nada tampoco, y del pequeño no se pudo encontrar nada. La mujer murió enferma al poco de mudarse a la ciudad. Al dejarle, Alfredo comenzó a escribir por detrás de algunos cuadros que pintaba, algo así como cartas a su amada perdida. En el libro han podido recopilar algunas de ellas, y es como si le contase lo que le pasa por la cabeza.
-Seguramente nunca llegó a superar la pérdida. Cada uno se desahoga como puede.
-Claro, pero mira la que está detrás de esta obra – Gabriel acerca de nuevo el libro abierto mostrándole la imagen. Miguel intenta evitarlo pero se ve atrapado por su propia curiosidad. Coge el libro entre sus manos. La obra es diferente a la que le enseñó anteriormente, vibrante y colorida, realmente agradable a la vista. – A partir de esta obra empieza a cambiar su forma de pintar. Mira en la página de atrás.- Miguel pasa la página y se para en la imagen del reverso del cuadro. Observa que hay un texto escrito.
- Es como una carta. Está un poco desgastada pero se aprecia perfectamente.
– Es la última que se llegó a encontrar. Ahora léela.
Querida Anais
Parece mentira que escaparas de mi vida, pues aún te tengo presente en mis sueños. Me es difícil diferenciar qué es cierto y qué es falso, qué es ilusión y realidad. La verdad es que no quiero saberlo. La vida sin ti carece de sentido, y prefiero vivir en una mentira antes que afrontar una eternidad sin tu presencia. Deambulo en este estado de añoranza, entre vigilia y sueño. Los ataques se han vuelto más frecuentes y han dado un giro un tanto inesperado. Pierdo la consciencia durante horas y al recuperarla me encuentro en otro lugar de la casa. Es como si fuese un títere, me muevo sin control. Me gusta pensar que eres tú la que guía mis pasos, la que mueve mis manos. Ayer me desperté en la buhardilla sentado en una banqueta y delante de mí apareció aquel cuadro. ¿Fuiste tú la que me movió a hacerlo? No sabría describirlo en realidad. Un parque, aquella mujer sentada de frente. Parece tan real, tan auténtico. Me quedé horas mirándolo, apreciando, cada detalle y cada pincelada. Intento recordar cómo puede llegar a esa perfección pero no soy capaz de recordarlo.
Tan bello, tan real, como tenerlo delante. Aquella mujer, ¿eres tú, verdad? Lo hiciste para poder verte todos los días. Guiaste mi pincel para hacer esta obra maestra. Toco la pintura y noto tu calor. Será mi gran tesoro. Siempre estarás conmigo, ya nunca te podrás escapar.
Mi bella Anais… te añoro tanto.







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