El mundo pintado de Nora Bonnet / Capítulo 2
- unescritorfrustrado
- 23 abr 2020
- 9 Min. de lectura
Se hacía de noche y la biblioteca se iba quedando cada vez con menos gente. Los pocos que quedaban ya iban recogiendo y devolviendo los libros, y la biblioteca pasó de un murmullo suave al más absoluto silencio. Gabriel continuaba sentado en una de las largas mesas, repleta de sillas vacías, y con un montón de libros apilados a su derecha. Ojeaba uno de los ejemplares que había recogido de las estanterías y lo leía por encima buscando algo que le llevase a lo que necesitaba. Pasaba las páginas con rapidez, hasta que se le acabaron, cerrando el libro con frustración. Llevaba toda la tarde allí y no había encontrado nada que le interesase. Observando a su alrededor, encontró la figura de un chico. Estaba estudiando a un par de mesas de él, solitario y centrado en los libros, totalmente abstraído en lo que andaba haciendo. Gabriel sacó un lápiz y comenzó a dibujarle en un folio en blanco. Las líneas se tornaron en formas y lo que empezó siendo un simple garabato se convirtió en una representación de aquél joven. Una de las cosas que le gustaba hacer a Gabriel era impregnar de personalidad a lo que dibujaba, inventarse una historia sobre él, un pasado y una personalidad, con la intención de que cobrase vida ese dibujo, algo que en pocas ocasiones conseguía
“Podría ser un estudiante de la facultad de al lado. Quizás esté como yo, aprovechando para hacer un trabajo… No mejor un examen. Sí, eso, tiene un examen este lunes y no ha estudiado nada. Sus amigos no contaron con él para salir, ni siquiera le preguntaron, cosa que le molesta tremendamente, a pesar de que no podías. Su novia…”
Continuaba reflejando a ese personaje mientras una suave sonrisa se reflejaba en su rostro. Le encantaba aquello. Pensar en otra vida que no fuese la suya y dejar de verse como el centro de un catastrófico mundo, poniendo a otro en su lugar.
-Chico, nos queda media hora para cerrar. Te pediría que fueras guardando ya los libros que has sacado. Si quieres pedir alguno, tendrás que esperar al lunes, la bibliotecaria se fue hace diez minutos- le informa el mantenedor, que con una fregona iba limpiando las zonas donde ya no quedaba nadie.- Date prisa o te dejo encerrado, que no espero a nadie – comentó en forma de broma.
Gabriel se levanta y recoge toda la pila de libros que tenía amontonada. Después los carga hacia las estanterías, perdiéndose entre éstas. El bedel continúa con su trabajo, avisando a los pocos que quedaban.
“Nada de nada, toda la tarde perdida. Podría estar horas buscando y seguiría igual. Es que no sé ni por dónde empezar. No soy más que un pequeño bote perdido en un mar de libros. Si sigo así me ahogaré.”
Gabriel continuaba en sus pensamientos mientras colocaba uno por uno los libros que había cogido. Apenas llegaba la luz entre las estanterías y dejando una zona de oscuridad entre medias. Continuaba lentamente dejando los libros hasta que las luces se apagaron completamente.
“¿En serio me ha dejado encerrado?”
La luz se volvió a encender, y más tarde comenzó a apagarse y encenderse, de manera parpadeante. El bedel jugueteaba con las luces.
-Chico voy a cerrar, corre si no quieres pasar la noche aquí- gritaba desde la puerta de salida.
Gabriel comenzó a dejar rápidamente los libros como pudo. Como una cuenta atrás, cada parpadeo de la luz era un número menos, y el agobio se apoderó del joven. Movido por la desesperación, iba dejando los libros donde encontraba un hueco en las estanterías, hasta que los últimos que le quedaban resbalaron de entre sus manos. Esparcidos por el suelo, Gabriel se tiró a recogerlos, pero se paró justo al tocar uno de ellos. Se giró hacia uno de los estantes y se quedó mirando con interés un libro que se encontraban allí. Se acomodó de rodillas en el suelo, dejando los libros tirados, y alargó el brazo para coger el ejemplar.
“El Mundo pintado de Aron Tennob…”
Las luces continuaban parpadeando y los gritos del bedel comenzaron a ser más amenazantes. Gabriel permanecía sentado en el suelo, acariciando aquel libro, recorriendo con la yema de sus dedos las letras en relieve de la portada. No tenía nada de especial, pero a la vez lo tenía todo. Simplemente una tapa de cuero duro y unas hojas amarillentas, que desprendían aquel gratificante olor a libro viejo. Era como una sensación indescriptible la que sentía al tocar aquellas páginas.
-Venga hostias. ¿A qué voy a buscarte y te saco a escobazos?
Levantó la mirada y escuchó los pasos del bedel que se acercaban. Le estaba buscando para llevarle fuera arrastras si fuese necesario. Gabriel miró los libros esparcidos a su alrededor y luego el que sostenía entre sus manos.
“No puedo esperar hasta el lunes”
Rápidamente se introdujo el libro en el interior de la chaqueta, metiendo una de sus manos en los bolsillos laterales para apretar el libro contra él y que no se cayese. Se levantó y se la cerró. Se metió la otra mano en el bolsillo para aparentar normalidad. Realmente era una postura un tanto extraña, pero no se le ocurrió otra forma.
-Lo sabía… todo por los suelos. Si es que no respetáis nada de verdad. Venga, tira para la salida. ¿No llevarás nada, no?- Gabriel sacudió la cabeza e intentó aparentar normalidad. – Bueno, pues fuera de aquí. Yo me ocupo de este estropicio.
De manera apresurada, Gabriel se aproximó hacia la salida, notando como el libro de dentro de su chaqueta se le resbalaba poco a poco. Se giró para contemplar al bedel recogiendo lo libros con mimo.
-Buen fin de seman...- continuaba andando de espaldas cuando sin querer tropezó con un montón de revistas que se encontraban encima de un poyete. Todas se desparramaron por el suelo. Gabriel aceleró el paso al darse cuenta de lo que había hecho, dejando al bedel mascullando y maldiciendo mientras abandonaba la biblioteca. Al salir por la puerta, sacó el libro de su escondite y lo observó entre sus manos. No era realmente extenso, por lo que lo guardó de nuevo y marchó hacia casa.
No tardó mucho en llegar a su casa. Durante el viaje había corrido por su mente gran cantidad de pensamientos. Recordaba la clase de hoy, las palabras del profesor Antonio, la última frase de Miguel.
“Quiénes son ellos para decirme cómo llevar mi vida. No saben nada de ella, no saben nada de mí”
Pero aún con ese pensamiento seguía teniendo esas frases en la cabeza, que le taladraban y picoteaban una y otra vez, y que se dividían en otras sensaciones. Se sentía perdido, como ajeno a un mundo extraño del que no pertenece, la sensación de formar parte de un sueño, no suyo, sino de alguien totalmente ajeno, que controla sus vidas y les guía hacia el peor de todos los caminos posibles. ¿Por qué insistir en algo perdido? ¿Por qué abandonar en vez de continuar? ¿Por qué soledad en vez de alegría? Notaba el peso del libro dentro de su chaqueta.
“Espero que valga la pena”
Entró dentro de la casa y se dirigió recorriendo el pasillo hacia la cocina. Desde ella se podía escuchar perfectamente el sonido del televisor que sonaba en la habitación contigua. Se asomó al salón y comprobó que estaba encendido y que alguien permanecía sentado enfrente a él, en una vieja butaca negra, a espaldas de la puerta donde se encontraba.
-Ya estoy en casa, voy a cenar algo.
No hubo respuesta por parte del aquella persona. Gabriel se dirigió lentamente hacia la butaca y se asomó. En ella un hombre de mediana edad dormía plácidamente. Vestido con una camiseta blanca y unos pantalones de deporte el hombre daba sensación de abandono. Un aire triste desprendía el semblante de aquel individuo, una sensación profunda de aflicción te invadía al contemplar aquel cuerpo desplomado en aquél sillón. Gabriel le ignoró, apagó la tele y se volvió hacia la cocina. El brazo del hombre se escurrió por el sofá y quedó colgando del reposabrazos. Gabriel se giró, haciendo un amago de volver. Pero solamente quedó en eso, un amago. Una vez en la cocina se preparó algo sencillo y se dirigió con el plato escaleras arriba, en dirección a su cuarto. Continuando por el pasillo, una fuerte luz emanaba por una de las habitaciones. Con paso lento, Gabriel entró en el cuarto.
-¿Se puede saber qué haces a estas horas despierto? Gonzalo, sabes que deberías estar en la cama, no revoloteando por el cuarto- una sonrisa cariñosa se reflejó en el rostro de Gabriel.
-Pensaba que era mamá la que había llegado, estaba esperándola para darle las buenas noches- dijo un pequeño niño sentado en el borde de su cama. Sus ojos marrones reflejaban decepción al ver a su hermano entrar por la puerta. Esperaba a otra persona.
-Sabes que mamá no está aquí. Mamá está malita y tiene que estar en el hospital para que la cuiden.
-Pero yo la echo de menos… ¿cuándo volverá Gabriel? –Gabriel deja el plato en un escritorio y se sienta al lado del niño.- La última vez no me dejaste verla.
-Eso es porque solo podían pasar los mayores ahí. Pero le conté todo lo que me dijiste y no dejó de reír. Ella también te echa de menos Gonzalo, y pronto estará aquí.
Gabriel pronunciaba la última frase con una gran sonrisa en sus labios, pero Gonzalo no le miraba la boca, sino los ojos. Su ojos reflejaban la auténtica verdad, húmedos por las lágrimas contenidas, vacíos por la falsedad de sus palabras. Recordaba las palabras de su madre antes de dejarla en la habitación del hospital.
“Gabriel, ocúpate de tu hermano. Debes ayudarlo ahora más que nunca, no dejes que borre esa sonrisa inocente de sus labios. No permitas que pierda la esperanza de volverme a ver, al igual que yo no dejaré de luchar por tenerle en mis brazos. Yo te prometo que saldré de ésta y estaremos juntos de nuevo. No puedo acabar así…”
Gonzalo bajó la mirada hacia sus pies. Gabriel le puso la mano en la cabeza y le revolvió los pelos, haciendo que una risa saliera de la boca de su hermano.
-Pase lo que pase, siempre seremos hermanos, ¿verdad?- dijo Gonzalo mirándole a los ojos.
-Qué remedio- respondió de manera burlona Gabriel, y levantó los brazos para protegerse de un ligero golpe que le propinaba su hermano. –Venga, ahora acuéstate, que luego no hay quien te despierte.
Gabriel se levantó de la cama, recogió su plato y esperó de pie a que Gonzalo se introdujese dentro. Una vez tapado con la manta, Gabriel se dirigió a la puerta.
-Buenas noches renacuajo- y apagó la luz del cuarto. Gonzalo se acurrucó, a salvo de la realidad que le asediaba.
Una vez en su cuarto, Gabriel se dirigió a su escritorio y sacó aquél libro que llevaba guardando todo este tiempo. Mientras devoraba la comida con avidez, miraba el libro con detenimiento. Era curioso, porque en ningún momento encontró detalles del autor ni su nombre escrito, algo realmente inusual. Continuó examinando, esta vez en el interior. Las hojas tenían un color amarillento, lo que marcaba la gran antigüedad que tenía. Prosiguió con la lectura.
A pesar de llevar tanto tiempo rodeado de libros, la extraña atracción que ejerció sobre él le obligaba a empezar al menos una breve lectura del principio de aquél libro. Su contenido era simple, se trataba de un estudio de un autor, bastante similar al que tenía que hacer él. Un recorrido por la vida de Alfredo de Luca, un antiguo maestro del realismo que se consideraba avanzado a la época a la que vivía. Gabriel recordaba haber leído sobre él de pasada el año anterior en aquellas interminables horas de Teoría e Historia del Arte, pero siempre de refilón y nunca sin profundizar. Tras un par de párrafos de introducción del autor, Gabriel decidió centrarse en las pequeñas ilustraciones que aparecían de vez en cuando. Iba pasando páginas y admirando cada una de las obras de aquél artista. Realmente eran impresionantes. La capacidad que tenía de reflejar lo que veía, los trazados del pincel, los colores escogidos, todo denotaba un gran dominio de las artes pictóricas. Pero según iba avanzando en su búsqueda de ilustraciones, notaba mayor desgaste en el libro. El papel se volvía cada vez más sucio, la letra, borrosa, y las pinturas iban siendo cada vez más oscuras... y más extrañas. Las posturas de los personajes se veían más incómodas, dejando de representar a gente visualmente agradable, con rostros de satisfacción y alegría, a escenas de auténtico sufrimiento, escenas de horror que helaban la sangre y que representaban los más oscuros temores. Gente en pleno sufrimiento, agonizante, mientras las páginas pasaron de un amarillento a un estado negruzco, con letras ilegibles que las acompañaban. Se trataba de un cambio demasiado drástico en un autor, y que reflejaba los pensamientos de una mente enferma. Se paró en una de ellas, que ocupaba toda una página y representaba la agonía de un hombre a punto de morir. Postrado en un sillón esperaba el fin de sus días, y se iba del mundo con un grito de angustia y miedo, y una figura oscura y alta le observaba desde la distancia. Sus ojos con lágrimas, su boca sin dientes y su brazo colgando del reposabrazos del sillón. Los últimos momentos de vida de aquél ser que se revolvía con rabia y miedo. La figura del fondo parecía que se movía hacia él. Realmente era increíble el realismo de aquella obra, parecía que podía tocarle, lo que hacía que apenas tuviese valor como para continuar viendo aquella imagen. Pero no podía parar de mirar aquella figura del fondo. Aquel ser no miraba al hombre postrado, le miraba a él. Esos ojos diminutos, rojos y brillantes en la oscuridad, se le clavaban en la mente. Escuchaba un murmullo cada vez más fuerte, algo parecido a un susurro de varias personas que se iba intensificando, volviéndose incómodo. Parpadeó y volvió en sí, soltando el libro sobre el escritorio. El murmullo provenía de fuera del cuarto, del piso de abajo.







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