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El diario de Norman / Parte Final

Día 5


Hoy me he levantado y me he quedado mirando a la pequeña pastilla amarilla, la última del bote que me dieron. He decidido llevármela el resto del día conmigo.

Hacía mucho que no visitaba a la familia, así que llamé a mis padres para avisar de que me pasaría para comer. Medité sobre si contarle o no mi situación, pero decidí esperar a ver como transcurría la comida, y según eso, ya vería que haría.

Cogí todas mis cosas, gato incluido, y me dirigí a la casa de mis padres. Es curioso cómo funciona todo en esa casa, porque parece que las leyes del tiempo allí no funcionan. Está todo exactamente igual que cuando me fui. Mi madre con los rulos, deambulando por la casa buscando que hacer. Mi padre, sentado en su sillón del salón, leyendo el periódico. Todo igual. Subir a tu cuarto y encontrártelo exactamente como lo habías dejado. Intocable e impoluto. Te sientes que has vuelto a los quince años. “Has visto, está igual que como lo dejaste”. Mi madre es de las que se sienten orgullosas de eso.


Para mi familia, la reunión para comer es algo de vital importancia, por lo que avisó a mi hermano para que viniese y así estar todos juntos. Hacía mucho que no nos reuníamos. Tras tanto tiempo si verte, el primer instinto de tus padres es darte de comer hasta reventar, hasta que estalles. Una frase que se escucha mucho es “come de esto, que por ahí no tenéis de estas cosas”. Ya puede ser un trozo de queso que han comprado en el chino de abajo, que para ellos no hay nada igual. Es como que, con la edad, nuestro concepto de mundo se va reduciendo hasta quedarse solo en la zona en la que nos movemos. Creo que mi padre tiene un concepto del mapa global igual que los vikingos, empieza en el pueblo, y acaba en la zona donde veranean, todo lo demás es territorio extraño e inhóspito, con cataratas que caen al vacío.


No les he contado nada sobre mi situación. No quiero que carguen con ello. No quiero que me recuerden como el moribundo, sino por la persona que siempre fui. Es la mejor forma de mantener vivo a alguien que quieres, no olvidando quien era.

Al despedirme, me he encontrado a la salida una docena de “tupperware”, lo que viene siendo una fiambrera de toda la vida, esperándome en la puerta. Alimento para todo un regimiento, que durará semanas. ¿Ahora qué hago yo con esto?, si no entra ni en el coche. Decidí llevármelos para dejarlos tranquilos.


Me fui a pasar el resto del día a la playa cercana, donde os escribo ahora mismo. Siempre me gustó ir a pasar las tardes a ese lugar. Nunca había estado muy llena, por lo que podías hacer de todo en ella sin que te molestasen. Lo primero que hice es ir corriendo a bañarme. El agua está increíblemente caliente, pero el gran problema es que está tremendamente sucia. Tras tantos años, cada vez hay menos playas en las que se pueda bañar sin encontrarte alguna botella o bolsa. Y hablando de bolsas. Mientras me bañaba, me pareció ver una flotando en el agua, así que, decidido a hacer mi pequeño aporte, me dirigí a recogerla. Ya me extraño su tacto pringoso, que al levantarla, no se trataba de una bolsa, sino de una medusa muerta, arrastrada por la marea. Se me engancho en el brazo e intenté deshacerme de ella como pude. Entonces corrí como un loco hasta la orilla, sentía que el brazo me ardía. Al llegar a la orilla, un señor mayor que andaba por la playa vino corriendo hacia mí para intentar saber que me pasaba. No sé si la leyenda de que la orina alivia el dolor de la picadura es cierta, pero no estaba dispuesto a averiguarlo. Pude parar al señor antes de que intentase probar tal teoría conmigo. Menos mal que el vigilante pudo tratarme el brazo y el dolor remitió con el tiempo.


Ahora me encuentro sentado en la arena, con mi compañero de aventuras a mi lado, este pequeño gato. Siempre se pregunta la gente qué es lo que habrá después de la vida. Tenemos miedo, miedo de abandonar este mundo, dejar atrás todo lo que conocemos. Es curioso, todas las religiones, las teorías, ritos y profecías hablan del final de nuestra vida. Intentan apaciguarnos sobre lo que nos deparará. Vaya mala manera de perder el tiempo, pensar en la muerte cuando puedes disfrutar de la vida. No hay nada más allá de lo que ven nuestros ojos, todo lo demás o no existe o carece de importancia.


Recuerdo estos cinco días como si fuesen media vida. Cada momento me ha hecho abrir los ojos, cada disgusto, cada fracaso y cada victoria. He descubierto cómo es la vida, y me he descubierto a mí mismo. Por fin he logrado arder, y brillo, como un lucero, aún más intenso antes de apagarse para siempre.


Y aquí estoy, al final del camino. No volveré a escribir nada más. He tenido que morirme para saber lo que es realmente vivir. He dejado atrás a la “gente como yo”, para ser realmente yo. Dicen que aunque se te pare el corazón, el cerebro sigue funcionando, y capta como último recuerdo las sensaciones que le rodean. Quiero que este lugar sea mi último recuerdo. La arena bajo mis pies. El olor del mar. El sol que se esconde, dando lugar a un bello atardecer. El pequeño amigo que se acurruca en mis brazos. Escribir este diario. Voy a enterrarlo justamente aquí, dentro de una pequeña caja, junto a la última pastilla amarilla. Para que pueda seguir vivo dentro de estas páginas, en cada frase, en cada palabra. Porque éste no es mi final, sino otro principio.

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