El diario de Norman / Parte 4
- unescritorfrustrado
- 25 may 2020
- 4 Min. de lectura
Día 4
Hoy me he levantado y he picado de manera muy fina la dichosa pastilla amarilla y la he metido en una servilleta de papel. Al intentar salir de la cama, se han dejado ver las agujetas del día de ayer. Me siento atrapado en mi propio cuerpo, sin poder realizar un movimiento. Esto no venía en la oferta del gimnasio. Gimnasio completo y agujetas de regalo. El desayuno que eché, ése no me lo pagan los cabrones. Tras intentar estirarme durante un rato, podía moverme con cierta normalidad. Le dejé comida y agua al pequeño minino y me marché
Ayer me llamó mi mujer para quedar con ella en una cafetería, así que lo primero que hice es dirigirme para allá. Como era de esperar, el momento fue bastante tenso. Sentados, uno enfrente del otro, cada uno con su café, con mil frases en la cabeza, pero ninguna en la boca. Me intentó explicar sus razones, las cuales no presté mucha atención, ya que estaba esperando mi momento. Suelo ser una persona que da segundas oportunidades, pero no tenía ni tiempo, ni ganas. La vida no es una película que se pueda rebobinar, no hay segundas oportunidades. Madurar significa asumir tus actos y vivir con las consecuencias, y se madura todos los días, seas lo viejo que seas.
Tras un breve rato de conversación, decidió ir al servicio. Entonces llegó mi momento. Tenía a mi pequeña amiga preparada desde el principio. El experimento con el gato había dado sus frutos, y era hora de cobrar venganza. Le eché los polvos de la pastilla en el café que le quedaba, y lo removí. Solo me quedaba esperar. Me sentía como un niño de doce años, entusiasmado e impaciente. Salió del servicio y se fue tomando su exquisito café. Lentamente se le cambiaba la cara. El momento llegaba. Salió rápidamente al servicio, pero no llegó. Tras lo del gato, imaginaros lo que sucedió en la cafetería. Aprovechando la confusión, decidí largarme del lugar. Le dejé la cuenta, por supuesto.
Una de las cosas positivas de saber que vas a morir es que pierdes el miedo a todo. Cualquier temor que tenías antes, desaparece por completo. Es parecido a cuando me hacía un raspón en la rodilla y me quejaba por el dolor. Entonces llegaba mi padre y me daba un capón fuerte en la cabeza, para que desapareciese el dolor del raspón. Un dolor más grande quita uno más pequeño. Un miedo más grande quita otro más pequeño.
Por lo tanto, y a pesar de que odio las alturas, decidí probar algo completamente nuevo, el salto en paracaídas. Es algo típico que dice la gente que hará antes de morir. Te montan en una avioneta y te suben lo más alto que puede, y una vez allí, te tienes que tirar. Claramente no te tiras solo, porque, al menos yo, no lo he hecho en mi vida. Te amarran a un monitor, tú debajo de él, para que os tiréis los dos juntos y él se encarga del paracaídas y todas esas cosas. Fue una gran experiencia.
Hubo ciertas complicaciones, claro. El viaje en avioneta de ascenso es bastante largo, y claro, eso no lo avisan. Soy un tío de vejiga pequeña, y, tras tanto tiempo, con la tensión, me entraron ganas de ir al servicio. Claro que en una avioneta no hay, así que decidí callármelo y continuar. No sé si fue por los nervios, el susto o la emoción, que tras saltar al vacío, se abrió la presa. Lo curioso, y como nos enseña nuestra buena amiga la gravedad, el meado no cae para abajo, si no que te acompaña y va ascendiendo. Hubo cierto silencio cuando se abrió el paracaídas. Al aterrizar, le entregue el traje a un empleado, el cual me comento: “joder, sí que has sudado, está empapado macho” Contesté con media sonrisa y salí rápidamente al ver que el tipo lo olía.
Antes de volver al mugriento motel en el que os escribo, y recordando todo lo que pensé el día de ayer andando de camino a casa, se me ocurrió lo que ahora describo como una locura. Los recuerdos siempre son más dulces según van pasando los años, es algo así como con los vinos, más buenos cada año. Recuerdo una chica, con la que entablé amistad hace muchos años, y la cual siempre, dentro de mí, había cierta esperanza de llegar a más. Nunca se dio la ocasión, pero siempre quedó el recuerdo de lo que pudo ser. En las películas, este tipo de cosas salen bien, así que mi lógica me dijo que adelante. No habíamos perdido el contacto durante estos años, gracias sobre todo a las redes sociales, y más o menos intuía por donde vivía.
Me armé de valor, y decidí llamarle a la puerta. Debió de pensar que estaba loco al ir tan tarde a su casa, sin avisar, y tras tanto tiempo sin vernos en persona. Al verla allí, me decepcioné. Claramente no iba a ser la misma persona que conocí en mi juventud, pero en mi interior la seguía imaginando así. Los años no pasan en balde. Casada y con dos hijos. Pensamos que el mundo gira alrededor nuestro y que todas las vidas se ven condicionadas por la nuestra, pero esto es falso. Cada persona sigue su camino, y el pasado queda en el pasado. No hay reencuentro de películas. Ni amores pasionales entre viejos amigos. Tras hablar cinco minutos con ella, me volvía al motel. Porque los recuerdos siempre son más dulces.







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