El diario de Norman / Parte 3
- unescritorfrustrado
- 3 may 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 2 jul 2020
Día 3
Hoy me he levantado y le he dado la pastilla amarilla al gato. Es algo así como un experimento científico. No le ha debido de gustar mucho, porque ha empezado a actuar de manera extraña tras tragársela.
Una de las cosas que siempre me frustraron fue mi falta de energía para hacer lo que me propusiese. Siempre admiré a aquellas personas que se levantaban temprano para hacer deporte. Confieso que lo intenté varias veces en el pasado, pero fue todo un fracaso. Solo me hace falta mirar hacia abajo para recordar los intentos fallidos. Esta maldita barriga me delata. Maldita chivata. Todo es por su culpa. Toda esa gente que corre, que se gasta el dinero en gimnasios y tratamientos. Eres el condicionante de este gran negocio, el maldito causante.
Por lo tanto, y para probarlo una vez en mi vida, he decidido ir al gimnasio, aunque con un día no se hace nada. Sería como cumplir una meta en mi vida. Ahí iba yo, con mi chándal de Umbro, que me quedaba un poco apretado tras tantos años de sofá y cerveza. No sé si es por el ambiente o el agua que tienen, que de nuevo me sentí un chaval, lleno de energía. Me pusieron en un circuito para hacer distintos ejercicios, evitando hacer uso de la mano derecha. Correr, saltar, unos cuantos abdominales... El ímpetu inicial duró lo que viene siendo la primera vuelta. Luego todo se transformó en dolor, fatiga, y una extraña sensación en el pecho. No soy de los que odian a la gente, pero ese entrenador del gimnasio era distinto. Lo hacía con maldad, lo sé. No estuvo contento hasta que eché por completo el desayuno. Me decían que era normal, para alguien “como yo”. Si claro, el deporte es salud y todo eso, pero la pregunta es: ¿me habría salvado de haber estado machacándome en un gimnasio? Eso es algo que no sabré.
Después de comer por ahí, he recibido una llamada de mi mujer. Parece ser que quiere quedar para hablar sobre lo sucedido, dejar las cosas claras y todo lo demás. He aceptado en quedar con ella mañana para desayunar en una cafetería del centro.
Aprovechando mi nueva soltería, he salido para tomar algo con mis amigos y así, ya de paso, conocer a gente nueva. Algo que no te viene como nota aclaratoria al dejarlo con tu pareja es que el resto de tus amigos todavía tienen. Lo que quiero decir es que esa panda de cabrones están demasiado ocupados estando con ellas, cuidando de sus hijos, que no van a querer salir contigo. Eres algo así como un leproso para ellos, te evitan. Pero bueno, decidí probar suerte yo solo, total, se trataba de conocer gente nueva. Os pongo en situación, un tipo de mediana edad, no en su mejor momento de forma, y más sudado que Camacho en una sauna, que se acerca a una chica para hablarle. Era, algo así como el hombre invisible, ni se inmutaban. No me hacían más caso que la pared del fondo del bar.
Me volví andando a casa, y perdido en mis recuerdos, estuve pensando en todas las oportunidades que dejé pasar en la vida. Aquel festival que no fui. La chica que me invitó a tomar algo y lo dejé pasar. La película que nunca pude disfrutar. He llegado a la conclusión que perdemos demasiado tiempo de nuestra vida. Y cuando llegas a un momento donde cada minuto cuenta, descubres lo estúpido que has sido quedándote parado para verla pasar, como si fuese eterna.
Al volver a casa me encontré una sorpresa. Al parecer, al gato no le había sentado muy bien la pastilla, y había vomitado por toda la habitación del hotel. El olor se había concentrado durante todo el día. Por todas partes. Mi primera opción era quemar la habitación, pero decidí mejor hacerme el loco y trasladarme a otro motel, dejándoles todo el pastel. Ahora escribo desde mi segundo motel, con la caja de ropa, la foto, y el pequeño gato culpable.







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