El diario de Norman / Parte 2
- unescritorfrustrado
- 18 abr 2020
- 4 Min. de lectura
Hoy me he levantado y he tirado la pastilla amarilla por el retrete. Asqueroso veneno. De solo verla me dan escalofríos. No se lo daría ni a mi peor enemigo. Bueno, puede que a mi jefe sí se la diese, después de lo de ayer. He escondido al gato en el armario grande, con algo de comida y agua.
Todavía no le he dicho a mi mujer lo que me pasa, y para que no sospeche, he decidido pasar todo el día fuera. Como no sabía a donde ir, y cada minuto de mi tiempo es oro, he decidido ir a un grupo de auto-ayuda. Me lo había recomendado el médico, junto a este dichoso diario, y no me había parecido mala idea conocer a otra gente que estaba como yo, sobre todo para saber cómo planteaban sus vidas. Son curiosos esos lugares. Hoy en día hay grupos de auto-ayuda para todo. Dentro de un mismo edificio te encuentras distintas salas para que la gente con los mismos problemas van a ayudarse entre ellas. Están los que no comen nada, los que comen demasiado, los que les cuesta relacionarse, los que se “relacionan” demasiado, y muchos más. No es que sea un genio, pero, ¿y si mezclasen los grupos alternos? Quiero decir, quién puede ayudar mejor a alguien que se resiste a comer que aquel que no puede parar, o al revés. O a las personas solitarias aquellas que lo son demasiado. Yo lo veo como una balanza que se equilibra.
Al ser una enfermedad tan extraña, no había un grupo de ayuda concreto para mí, así que decidí probar suerte entrando en otros distintos. Es curioso como escuchar desgracias ajenas te hace sentir mejor contigo mismo. Es como que saber que no eres el único que lo pasa mal te ayuda a llevar la carga más fácilmente. Me pasa lo contrario con la gente que le va fenomenal. A veces tengo ganas de ponerles una zancadilla o empujarles por las escaleras. ¿No te va todo tan bien? PUES TOMA GIRO DEL DESTINO.
Eché la mañana con el grupo de los alcohólicos. Nunca fui una persona de beber mucho, pero he de decir que sus historias son bastante duras. Muchas personas beben para relacionarse mejor, soltarse, y conocer gente nueva. Pero lo que vi no eran personas con anécdotas graciosas y de grandes fiestas, si no gente solitaria que lo había perdido todo. Toda la felicidad y diversión que vemos metafóricamente dentro de una botella, todas las risas, todas las amistades, no había rastro de eso. Solo había personas tristes, rodeadas de botellas vacías. “Beber para olvidar, beber para no recordar”.
Decidí salir a comer fuera, a algún restaurante exótico de estos modernos que están tanto de moda. Ya que no me daba tiempo a viajar, podía hacerlo mi paladar. Elegí un nuevo restaurante indio que habían abierto cerca de mi antiguo trabajo. Una de las cosas que más odio es comer solo. Piensas que todo el mundo te mira y se pregunta por qué estás ahí, plantado, solitario. Pensamos eso, al menos yo, pero si lo meditas un poco, es algo totalmente absurdo. Ahora lo veo más claro, nadie se fija en ti, porque están ocupados fijándose en sí mismos. A nadie le interesa un tío que va a un restaurante indio a comer solo. A veces sufrimos de manera inútil por nuestro egocentrismo.
¿Qué puedo comentar de la comida india? Bueno… que es algo así como comer fuego. El picante está a otro nivel en ese lugar. A la tercera cucharada me había puesto rojo. Con lo buenas que están las croquetas de mi madre y yo probando comida de fuera. No apreciamos nunca lo que tenemos más cerca, en nuestra casa.
Como gran detalle del día, volvía a casa más temprano de lo habitual, y me llevé una grata sorpresa. Mi querida y, al parecer, no tan fiel mujer estaba con otro hombre en la cama. No contaba con que me habían despedido del trabajo, y pensó que estaría todo el día sola en casa. Pero, ¿qué es el amor hoy en día? No es cierto que muchas veces pasa a ser algo más parecido al cariño, o al miedo de perder lo que ya tienes. Algo así como un prototipo que tenemos en la mente, pero que raramente cumple nuestras expectativas. Mi primera reacción fue pegarle un puñetazo en la cara a ese tipejo. Mala idea. La verdad es que no había pegado un puñetazo en mi vida, por lo que me abrí la muñeca y me fracturé la mano en el golpe. El mismo tipejo me tuvo que acercar al hospital para que me la vendasen. ¿No podía esperar tres días más para ponerme los cuernos? Realmente increíble.
Ahora os escribo con la mano izquierda desde una pequeña habitación de un hostal. Me he cogido las cosas de valor que tenía en casa. Si lo pienso, cuando era pequeño, cada juguete o cosa que tenía, era algo especial. Me parecían las cosas más increíbles. Tenía de todo, y me importaba cada una de esas pequeñas idioteces. Pero ahora, al final de mi corta vida, solo tengo una caja con algo de ropa, una foto antigua y un pequeño gato. ¿En qué momento perdí la ilusión?







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