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El diario de Norman / Parte 1

Actualizado: 31 mar 2020

Mi nombre es Norman. Parece ser que escribir un diario con todo lo que me sucede me ayudará a expresar lo que siento, y hacer lo que me queda de vida más llevadera. Empezaré hablando algo de mí. Mi padre siempre dijo que nunca alcanzaría lo que me propusiese, porque la gente como yo siempre se queda en el camino. Bueno… hasta ahora no ha fallado en su predicción. Trabajo en una pequeña redacción de un periódico local. No es nada interesante, recopilo noticias de las agencias y se las paso a los redactores, algo así como un intermediario. Entré por enchufe de un amigo redactor, así que se puede decir que ni me gané el puesto que tengo. Tengo mujer, nos conocimos en el último año de universidad. Al principio todo es maravilloso, pero tras tantos años, como cuando escuchas tu canción favorita muchas veces, acabas perdiendo el interés y se vuelve todo aburrido, aunque dentro de lo malo, la vida se hace bastante llevadera.

Es curioso, porque siempre quise ser escritor, pero esta vez es el primer momento en el que escribo algo, aunque sea solo por desahogarme. Nunca me he quejado de nada de lo que tengo. Soy una persona de las que se conforman con facilidad. Quizás a eso se refería mi padre cuando decía “la gente como yo”. Siempre decía una frase: “tienes que arder para brillar”. Supongo que ya es tarde para prenderme fuego.

Una cosa importante, al parecer padezco una enfermedad terminal, bastante extraña. Menos de un 0,1% de la población la padece. Supongo que soy uno de los hombres con peor suerte que existen. Nunca gané ningún juego de azar, ni sorteo, incluso al elegir cara o cruz al lanzar una moneda, pero tener tan mala suerte… Bueno, supuestamente me dieron 5 días de vida. No es mucho, pero dicen que no sufriré, que me acostaré el último día y ya no me despertaré. La única receta médica es una pequeña pastilla amarilla que debo tomar todos los días.

La pregunta es: ¿Por qué desperdiciar mi valioso tiempo escribiendo un maldito diario inservible? Pues no tengo ni puta idea. Supongo que es mi manera de aceptar mi situación, como si fuese todo una historia que escribo, para alejarme de mi mismo y verme como un espectador que se ríe de las desgracias del personaje, las cuales no le afectan en absoluto.


DÍA 1

Hoy me he levantado y me he tomado la pequeña pastilla amarilla. Mejor dicho, me he tragado la asquerosa pastilla amarilla. Que horrible forma de hacer sufrir a un moribundo. Me provoca mareos, al parecer, y según pone en el prospecto, es uno de sus efectos secundarios. Cada pastilla vale un dineral. Magnífica forma de sacarme dinero.

Ayer estuve haciendo una pequeña lista sobre las cosas que quería hacer hoy. Me metí en Google, el genio que todo lo sabe, y busqué una posible lista de cosas que hacer antes de morir. Al parecer, mucha gente escribe este tipo de lista. Irónicamente, muchos de ellos no se encuentran en mi situación. Hablan de cosas imposibles. Beber una cerveza en Dublín, bucear en un arrecife de Sudáfrica, dejarte crecer la barba (en mi caso daría tiempo a pelusilla de esa que pica y que tu mujer dice que araña al besar). Todas me parecieron demasiado complicadas, así que decidí simplificarlas un poco. Una cerveza en el Bar Manolo por ejemplo. Bucear en una piscina. Cosas más asequibles a mi entender.

Por lo tanto hoy me propuse hacer una de las cosas que sueñan todos los que, como yo, sufrimos el yugo de nuestro jefe, despedirme del trabajo y devolvérselo todo junto a ese canalla. Me acuerdo de una noticia que leí hace tiempo sobre una mujer que, al ganar la lotería, se fue al despacho de su jefe y defecó sobre su escritorio. Es curioso lo rencorosos que llegamos a ser los seres humanos. Claramente no iba a hacer lo mismo, pero he de confesar que tengo cierta admiración por esa mujer.

Así que ahí estaba yo, delante del despacho de mi jefe. Antes, claramente, había ido al servicio para practicar el pequeño discurso que le iba a soltar. Me puse delante del espejo a practicar la mirada, los gestos. Todos los insultos y burlas, junto a contestaciones ingeniosas, las típicas que se te ocurren al acabar una discusión. Cuando entraba alguien, disimulaba que me lavaba las manos o que meaba. Disimulaba discretamente mientras fingía, de manera desastrosa, que estaba ocupado limpiándome las manos. Bueno… pero al lío, ahí estaba yo delante de la puerta de mi jefe con el pomo en la mano, sudando, con todo preparado en mi mente. Pero justo al abrir, me encuentro justamente a mi jefe de morros, al parecer salía de su despacho. Es curiosa la suerte, que siempre me da la espalda, pues salía para llamarme al despacho. Me llamaba para despedirme. Mi momento de gloria, de quedar por encima de él se había esfumado. Había estado media hora en el servicio, aguantando la peste y practicando para esto. Se despidió de mí con una palmada y me dijo suavemente “Norman, la bragueta”. Bravo Norman…. Bravo.

De camino a casa me encontré con un pequeño gato que recorría solo la calle. Al parecer mi vecina le había vuelto a dar por dejar comida para ellos en su puerta, por lo que constantemente tenemos gatos rondando por la avenida. No sé, supongo que al verlo, me vi un poco reflejado en él. Nunca había tenido una mascota, y bueno, ya que me voy a morir, por probar no pasa nada, por lo que he decidido quedármelo. No le he puesto nombre. Le he metido de manera secreta en casa, porque mi mujer odia los gatos. Nunca he tenido la oportunidad de tener un hijo, y quizás esta sea la mejor forma de enmendarlo, alguien que me eche de menos cuando no esté.

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